No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
No concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
Rosario Castellanos
miércoles, 30 de mayo de 2007
Black Out
El Black out que dejó fuera del aire a Radio Caracas Televisión (RCTV) es uno de los hechos más tristes y nefastos que nos ha tocado vivir a los venezolanos en nuestra historia contemporánea. Tuve la fortuna de formarme en una Universidad que me enseñó la importancia de la pluralidad y el discenso: la Universidad Central de Venezuela. Nací en la Ciudad Universitaria en mayo del 66, y me hice adulta allí. Llegué adolescente a las aulas de la Escuela de Letras cuando aún estudiaba el bachillerato, y en sus pasillos tuve la oportunidad de vincularme con personas de distintas razas, credos, ideas, clases sociales y edades. Y es lo mejor que me puede haber pasado. Lamentablemente yo venía de un hogar donde nunca hubo pluralidad, en el que escuché repetidamente frases como: "usted no sabe", "usted se calla", "aquí se hace lo que yo diga". Mis tres hermanas y yo, debíamos hacer, decir, comer, vestir, lo que mi padre dispusiese. Así es hasta el día de hoy. También nos enseñó valores como la honestidad, y la solidaridad, y la disciplina, eso también es cierto. Nos dio un techo, nos vistió, nos educó y nos ha dado de comer. Poco más de 15 años después de haberme graduado, tuve la suerte de regresar, el semestre pasado, a las aulas de la Universidad Central, y específicamente la Escuela de Comunicación Social, como docente. Y si algo aprendí de esa experiencia fue la importancia de ser plural, y eso me lo enseñaron mis alumnos, por lo que les estoy hondamente agradecida. Por la manera en que fui educada tiendo precisamente a ser a veces estricta, pero estos muchachos ávidos de aprender me enseñaron a negociar, a ceder a veces en mis exigencias, para no ahogarlos. Me tomaron respeto y cariño, a pesar de que por momentos tuviéramos pequeñas diferencias. Pocos días atrás esa Escuela fue tomada por "revolucionarios", que la llenaron de violencia y de graffittis non gratos, e incluso irrumpieron en la oficina del director, Adolfo Herrera. La mayoría de las personas que vivimos en este país no compartimos esas actitudes, aún hoy seguimos creyendo en el diálogo como la mejor postura ante lo que nos está tocando vivir. Si eso es facismo para el señor presidente, yo me declaro fascista. Me tocó crecer y madurar en un hogar donde entre otras cosas reinó una forma de educación fascista, sé perfectamente que significa tal término, y con toda responsabilidad asumo y seguiré asumiendo mi derecho a discentir.
Caracas, 30 de mayo de 2007
Caracas, 30 de mayo de 2007
miércoles, 23 de mayo de 2007
Algunos poemas de Elizabeth

Resulta difícil hablar en adelante sólo en pasado de una persona tan especial como Elizabeth Schön, como describir su serenidad y su fuerza, porque sin dejar de ser honda y serena Elizabeth era una mujer de temple. Hace pocos meses leyó algunos de mis versos y recibí de ella sabios consejos. Hacía mucho que no me sentaba con nadie a leer mis versos, pero sentí que debía llevárselos al visitarla junto a Rosa Melo, que me haría bien compartirlos con ella. Y me hizo bien. Porque aunque la poeta que fui durante dos décadas se haya suicidado, y ya no escriba más poesía, esa parte honda que me llevó a escribir versos siempre estará allí. Pocas poetas que conozca me han conectado tan profundamente con el ser como ella, pero aún de lo más hondo ella sacó luz, claridad. Ella era bella, con la belleza de lo tocado por la luz y la plenitud. Quién podría olvidar la transparencia de su mirada azul y su sonrisa un tanto juguetona. Aunque la belleza es efímera y condenada a desaparecer, nos quedan sus versos:
Al Ser
¿se le puede atribuir algún comienzo si nunca hemos podido
asirlo, como aquella fruta que en los caminos madura para
nuestra sed diaria?
Más está aunque nada ni nadie sea capaz de abarcarlo.
El Ser no es medible.
Pero del hombre es la extensión, la altura, el hueco
gigantesco del universo.
(De Encendido esparcimiento)
Dije
no cierres las aldabas
en la tierra
nadie escuchó
y me quedé con todas las llaves del mundo.
Grité aún más
no cierres las aldabas
nadie oyó.
Estaba sola
sola con mi voz
que se esparcía
y se hundía en la marejada
que ahoga el timón
de todos los barcos invisibles.
(De La cisterna insondable)
Mira la sombra
La lámpara espera
El silbido de la tierra
anuncia el ascenso hacia la copa
de lo infinito tuyo
pleno.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
La hojarasca de los rostros
Los bordes sin otros precipicios
que lo lejano indispensable
Las huellas del amor
vivas en las pupilas
rompen el cerco
huyen hacia donde la soledad
no tiene templo ni raíces
Calla la huella
Se alarga la sombra
Espera el árbol del oscuro acercamiento.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
Del alma frente al oscuramente árbol
queda apenas un brío de asombros
con la lámpara
para descubrir lo que antes nos fue invisible
y sentir lo que llega
cuando la finita claridad comienza a ser
interioridad nuestra
infinita
(De Árbol del oscuro acercamiento)
Antes del árbol
después del árbol
Dándole forma a la forma
Dándole margen al margen
Desde lo remoto
siguiendo
Entre el infinito esparcimiento
y el interior brillo íntimo.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
El amor escoge la ribera
y un vuelo de aire se desprende
es la voz de la espada que arriba
a la inmensa sabana de los humildes
donde una iguana dulce y azul
se confundió con el cielo
desapareciendo
La espada la buscó y se la entregó al amor
La espada, el amor
son imprescindibles para las aguas
las ciudades y las iguanas que se pierden.
(De La espada)
El instante es tan sabio como el rayo
ambos saben desaparecer
El alba llega, se apaga
un cirio se prende con la punta de la espada
Exaltación
La claridad restituye
los escombros dejados por la crueldad.
(De La espada)
Empieza a reflejarse el sueño
de lo nunca antes conquistado.
La entraña de los espacios está abierta.
Fluye la armonía de la raíz
con la piel y el anhelo.
Al fin, un hombre entra en el sol.
Adelante, el talle se expande
y comienza la fragancia a esparcir
la clara
clarísima claridad.
(De Ropaje de ceniza)
Difícil conocer lo íntimo, lo nuestro
El hombre es resistencia
mas el río nunca se nos distancia
y un día
la mirada sujetará
la primera tanda de los moluscos
la primera señal de la garra y el zarpazo
y nacerá de nuevo aquella palabra
perdida entre muros y arcabuces
y emergerá la tierra
la del gesto, la del adiós
la del esfuerzo y la constancia
aun la de las miradas ansiosas
de lo otro tuyo, mío, de aquél
que nos impulsa
hacia las fragancias del sándalo
hacia los estuarios de las redes y las ruecas
hacia los borbotones azulados de los manantiales
Precipicios, pueblos, fronteras
dejan de ser contrarios
si viven
desde la hondura del río:
silencio de rosas
que nacen
como las abejas
entre los atardeceres fáciles de las sorpresas.
Al Ser
¿se le puede atribuir algún comienzo si nunca hemos podido
asirlo, como aquella fruta que en los caminos madura para
nuestra sed diaria?
Más está aunque nada ni nadie sea capaz de abarcarlo.
El Ser no es medible.
Pero del hombre es la extensión, la altura, el hueco
gigantesco del universo.
(De Encendido esparcimiento)
Dije
no cierres las aldabas
en la tierra
nadie escuchó
y me quedé con todas las llaves del mundo.
Grité aún más
no cierres las aldabas
nadie oyó.
Estaba sola
sola con mi voz
que se esparcía
y se hundía en la marejada
que ahoga el timón
de todos los barcos invisibles.
(De La cisterna insondable)
Mira la sombra
La lámpara espera
El silbido de la tierra
anuncia el ascenso hacia la copa
de lo infinito tuyo
pleno.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
La hojarasca de los rostros
Los bordes sin otros precipicios
que lo lejano indispensable
Las huellas del amor
vivas en las pupilas
rompen el cerco
huyen hacia donde la soledad
no tiene templo ni raíces
Calla la huella
Se alarga la sombra
Espera el árbol del oscuro acercamiento.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
Del alma frente al oscuramente árbol
queda apenas un brío de asombros
con la lámpara
para descubrir lo que antes nos fue invisible
y sentir lo que llega
cuando la finita claridad comienza a ser
interioridad nuestra
infinita
(De Árbol del oscuro acercamiento)
Antes del árbol
después del árbol
Dándole forma a la forma
Dándole margen al margen
Desde lo remoto
siguiendo
Entre el infinito esparcimiento
y el interior brillo íntimo.
(De Árbol del oscuro acercamiento)
El amor escoge la ribera
y un vuelo de aire se desprende
es la voz de la espada que arriba
a la inmensa sabana de los humildes
donde una iguana dulce y azul
se confundió con el cielo
desapareciendo
La espada la buscó y se la entregó al amor
La espada, el amor
son imprescindibles para las aguas
las ciudades y las iguanas que se pierden.
(De La espada)
El instante es tan sabio como el rayo
ambos saben desaparecer
El alba llega, se apaga
un cirio se prende con la punta de la espada
Exaltación
La claridad restituye
los escombros dejados por la crueldad.
(De La espada)
Empieza a reflejarse el sueño
de lo nunca antes conquistado.
La entraña de los espacios está abierta.
Fluye la armonía de la raíz
con la piel y el anhelo.
Al fin, un hombre entra en el sol.
Adelante, el talle se expande
y comienza la fragancia a esparcir
la clara
clarísima claridad.
(De Ropaje de ceniza)
Difícil conocer lo íntimo, lo nuestro
El hombre es resistencia
mas el río nunca se nos distancia
y un día
la mirada sujetará
la primera tanda de los moluscos
la primera señal de la garra y el zarpazo
y nacerá de nuevo aquella palabra
perdida entre muros y arcabuces
y emergerá la tierra
la del gesto, la del adiós
la del esfuerzo y la constancia
aun la de las miradas ansiosas
de lo otro tuyo, mío, de aquél
que nos impulsa
hacia las fragancias del sándalo
hacia los estuarios de las redes y las ruecas
hacia los borbotones azulados de los manantiales
Precipicios, pueblos, fronteras
dejan de ser contrarios
si viven
desde la hondura del río:
silencio de rosas
que nacen
como las abejas
entre los atardeceres fáciles de las sorpresas.
lunes, 21 de mayo de 2007
Un paseo reciente por las galerías de Caracas
En las últimas semanas he tenido la oportunidad de visitar varias excelentes exposiciones en las galerías de Caracas, y quisiera hacer una breve reseña para los posibles lectores de esta página. Una de ellas pude contemplarla en la galería Ascaso, ubicada en calle Orinoco de Las Mercedes, “Manifiesto del tiempo”, exposición retrospectiva de una pintora amiga, de origen alemán, pero con muchos años de vida en Venezuela: Luisa Richter. Conocí a Luisa hace varios años cuando me desempeñaba como periodista para la revista Etiqueta, en ese entonces ella exhibía algunos de sus cuadros en la Galería Medicci “Intimidades de una reflexión”, conversé con ella, me entregó algunas de sus textos sobre arte, yo escribí una breve reseña de la exposición. Luego he visitado en varias oportunidades su casa-taller en Los Guayabitos. Desde entonces he admirado su obra, la profundidad de sus planteamientos creativos, su increíble vitalidad. En los cuadros expuestos en 2007 en los amplios, luminosos y gratos espacios de la galería Ascaso había un interesante recorrido por distintas etapas de su trayectoria, desde sus cuadros vinculados a la tierra, de sus tiempos iniciales en el país, hasta obras de fecha reciente. Podían verse obras de gran formato pero también algunos de sus pequeños collages. Lo que eché en falta fueron quizá sus retratos, no había ninguno. Algo que siempre me ha fascinado de su obra es la superposición de planos, esos trazos superpuestos que le dan profundidad a sus cuadros, que te llevan a algo que está más allá de lo que el ojo ve. La suya es una propuesta ontológica, “una confesión del ser”, como ella misma ha dicho. Sus difusos trazos geométricos nos convidan a visiones que traspasan el tiempo y el espacio, son una suerte de túneles metafísicos, son “tránsito de lo que se ve a lo que no se ve”, como expresara Marco Rodríguez del Camino en el catálogo de su exposición en la galería Medicci de 2001. En su diario Luisa expresa: “Creo en la educación, en el despertar, en provocar, en poner en movimiento, en familiarizarse con valores positivos, como antipolo de medios de información altamente agresivos; y creo también en que la experiencia de formar y meditar, significa un instrumento auténtico constructivo”. Asimismo en un texto publicado en Extramuros dice: “Quien crea debe ayudar a crear” (…) “El creador debe afanarse por mantener su búsqueda genuina y tratar de que sea genuina la búsqueda de los otros”. La importancia de está búsqueda compartida es quizá lo que la ha llevado con frecuencia a incluir, dentro o fuera de sus pinturas, textos reflexivos dentro de su propuesta expositiva. En la Ascaso pude observar largos pendones con textos de la artista, y un video realizado por la Universidad Nacional Abierta en el cual ella conversaba sobre su obra, su noción del arte y de la obra artística desde su taller. Su obra está marcada por la importancia de la luz, la búsqueda de la claridad, de allí que la galería Ascaso, con sus amplios ventanales, por donde penetra la luz, fuesen un extraordinario escenario para esta retrospectiva.
Otra buena exposición que tuve la oportunidad de visitar fue el homenaje a Reverón en los espacios de la quinta Mónaco (antigua galería Li) en la avenida San Juan Bosco de Altamira. Unos jóvenes guías acompañaban el recorrido, el cual se iniciaba con un salón en el cual se proyectaba una propaganda publicitaria de Johnny Walker, patrocinante del montaje, en la cual un androide destacaba la capacidad creativa humana. Luego, en la sala central de la exposición podían observarse diversas fotos del Reverón que todos conocemos, el anciano barbón, semidesnudo, del castillete de Macuto, junto a su musa Juanita, junto a sus muñecas, junto a un gracioso monito tití, dentro de su paisaje natural, semisalvaje, que ha construido el mito. Junto a estas fotos se encontraba un cuadro de Reverón de trazos pocos usuales, por diversas razones. Era un cuadro figurativo, que representaba una niña y unas muñecas, distinto a los trazos tan marcados por el blanco, por la luz que conocemos. Presentaba colores primarios, azul, rojo. Parecía el eslabón perdido entre el primer Reverón y el pintor de la luz. Una tercera sala albergaba varias propuestas de artistas de las más recientes generaciones, en las cuales podía verse alguna afinidad con la obra del maestro. En algunas de estas propuestas destacaba el uso de la luz, en otras, como la de Mariana Monteagudo, resaltaba un vínculo con lo lúdico, el trabajo con objetos, muñecos.
La tercera exposición que comentaré, estará en la sala Previsora hasta enero del 2008, es algo que realmente vale la pena visitar: la exposición “El sentido de lo moderno”, de fotografías de Leo Matiz, el extraordinario maestro colombiano. Matiz, fotoreportero nacido en Aracataca en 1917 y fallecido en Bogotá en 1998, es conocido entre nosotros principalmente por sus fotos de la Caracas que empieza a modernizarse durante el decenio perezjimenista, y los primeros años de la democracia. Estuvo vinculado con diversos medios e instituciones públicos y privados de Venezuela a partir de 1950. En 1961 es nombrado fotógrafo oficial de Rómulo Bentancourt, en 1973 trabaja para diversos organismos estatales, en 1978 se desempeña como fotógrafo del Ministerio de Información y Turismo de Venezuela. De igual forma trabajó para El Nacional, La Esfera, Momento, la revista Shell y Farol, Élite, Páginas.
Esta exposición nos muestra, además del fotógrafo del paisaje urbano que va registrando el país que entra en la modernidad, otras facetas de versátil y talentoso artista. Inician la exposición una serie de bellos retratos de la artista mexicana Frida Kahlo. Algunos de ellos presentan sorprendentes enfoques en picado, otros son sencillas imágenes cotidianas que captan la fuerte, y al mismo tiempo frágil, personalidad de la pintora. En la foto con el inmenso Diego Rivera, por ejemplo, ella muestra casi una fragilidad de niña, mientras que en una foto callejera, junto a unos niños, su figura es de una dureza casi masculina. En otra de las salas, pueden observarse las abstracciones de Matiz, visiones minimalistas del paisaje urbano, que nos sorprenden por sus encuadres y el uso de la luz. Nos dan una visión inédita del paisaje que cotidianamente nos rodea, focalizando, encuadrando un determinado espacio y un determinado grupo de objetos, unidos por determinada actividad: ladrillos o tubos de una construcción, por ejemplo, que tomados de cerca, se transforman en una obra de arte. Matiz es un poeta de la imagen, que como dijera, vino “a ver el infinito”. Cierran la exposición imágenes de gran angular que nos muestran la Caracas moderna, obreros de la construcción, imágenes de las torres del Silencio, la Ciudad Universitaria, el 23 de enero, entre otras. Sus sorprendentes enfoques pueden mostrarnos también las caras sorprendidas de un grupo de obreros enfocados desde abajo, desde una suerte de hueco, o mostrarnos el cielo infinito desde los espacios internos de la torre Norte del Centro Simón Bolívar, o una imagen desenfocada del Centro Plaza que nos da una visión de la Caracas de Neón que ya perdió la inocencia. Su ojo privilegiado nos entrega imágenes de una ciudad para muchos de nosotros inédita, la que quedó atrás, que apostaba al progreso, pero también la Caracas siempre posible, que aloja luz, poesía, cielos infinitos.
Otra buena exposición que tuve la oportunidad de visitar fue el homenaje a Reverón en los espacios de la quinta Mónaco (antigua galería Li) en la avenida San Juan Bosco de Altamira. Unos jóvenes guías acompañaban el recorrido, el cual se iniciaba con un salón en el cual se proyectaba una propaganda publicitaria de Johnny Walker, patrocinante del montaje, en la cual un androide destacaba la capacidad creativa humana. Luego, en la sala central de la exposición podían observarse diversas fotos del Reverón que todos conocemos, el anciano barbón, semidesnudo, del castillete de Macuto, junto a su musa Juanita, junto a sus muñecas, junto a un gracioso monito tití, dentro de su paisaje natural, semisalvaje, que ha construido el mito. Junto a estas fotos se encontraba un cuadro de Reverón de trazos pocos usuales, por diversas razones. Era un cuadro figurativo, que representaba una niña y unas muñecas, distinto a los trazos tan marcados por el blanco, por la luz que conocemos. Presentaba colores primarios, azul, rojo. Parecía el eslabón perdido entre el primer Reverón y el pintor de la luz. Una tercera sala albergaba varias propuestas de artistas de las más recientes generaciones, en las cuales podía verse alguna afinidad con la obra del maestro. En algunas de estas propuestas destacaba el uso de la luz, en otras, como la de Mariana Monteagudo, resaltaba un vínculo con lo lúdico, el trabajo con objetos, muñecos.
La tercera exposición que comentaré, estará en la sala Previsora hasta enero del 2008, es algo que realmente vale la pena visitar: la exposición “El sentido de lo moderno”, de fotografías de Leo Matiz, el extraordinario maestro colombiano. Matiz, fotoreportero nacido en Aracataca en 1917 y fallecido en Bogotá en 1998, es conocido entre nosotros principalmente por sus fotos de la Caracas que empieza a modernizarse durante el decenio perezjimenista, y los primeros años de la democracia. Estuvo vinculado con diversos medios e instituciones públicos y privados de Venezuela a partir de 1950. En 1961 es nombrado fotógrafo oficial de Rómulo Bentancourt, en 1973 trabaja para diversos organismos estatales, en 1978 se desempeña como fotógrafo del Ministerio de Información y Turismo de Venezuela. De igual forma trabajó para El Nacional, La Esfera, Momento, la revista Shell y Farol, Élite, Páginas.
Esta exposición nos muestra, además del fotógrafo del paisaje urbano que va registrando el país que entra en la modernidad, otras facetas de versátil y talentoso artista. Inician la exposición una serie de bellos retratos de la artista mexicana Frida Kahlo. Algunos de ellos presentan sorprendentes enfoques en picado, otros son sencillas imágenes cotidianas que captan la fuerte, y al mismo tiempo frágil, personalidad de la pintora. En la foto con el inmenso Diego Rivera, por ejemplo, ella muestra casi una fragilidad de niña, mientras que en una foto callejera, junto a unos niños, su figura es de una dureza casi masculina. En otra de las salas, pueden observarse las abstracciones de Matiz, visiones minimalistas del paisaje urbano, que nos sorprenden por sus encuadres y el uso de la luz. Nos dan una visión inédita del paisaje que cotidianamente nos rodea, focalizando, encuadrando un determinado espacio y un determinado grupo de objetos, unidos por determinada actividad: ladrillos o tubos de una construcción, por ejemplo, que tomados de cerca, se transforman en una obra de arte. Matiz es un poeta de la imagen, que como dijera, vino “a ver el infinito”. Cierran la exposición imágenes de gran angular que nos muestran la Caracas moderna, obreros de la construcción, imágenes de las torres del Silencio, la Ciudad Universitaria, el 23 de enero, entre otras. Sus sorprendentes enfoques pueden mostrarnos también las caras sorprendidas de un grupo de obreros enfocados desde abajo, desde una suerte de hueco, o mostrarnos el cielo infinito desde los espacios internos de la torre Norte del Centro Simón Bolívar, o una imagen desenfocada del Centro Plaza que nos da una visión de la Caracas de Neón que ya perdió la inocencia. Su ojo privilegiado nos entrega imágenes de una ciudad para muchos de nosotros inédita, la que quedó atrás, que apostaba al progreso, pero también la Caracas siempre posible, que aloja luz, poesía, cielos infinitos.
viernes, 11 de mayo de 2007
Ripeness is all
Es su ensayo "El arte de madurar" Cesare Pavese cita un verso de Shakespeare "Ripeness is all", que se traduce como "madurar lo es todo", o algo así. Allí Pavese contrasta al artista siempre adolescente con aquel que llega a la madurez y va moldeando su obra. Dos paradigmas serían el gran Goethe y Rimbaud. Estos últimos días estuve un tanto en crisis, ya lo he mencionado en los apuntes anteriores a éste. Me doy cuenta que esta crisis tiene que ver precisamente con esas dos actitudes que podemos tomar ante lo que ocurre a nuestro alrededor y ante lo que ocurre con nosotros mismos, dentro de nosotros: tomarse las cosas con calma o tomárselas a lo malo. No puedo estar en todos los lugares, no puedo tener la respuesta a todos los enigmas, no puedo hacer todos mis deseos realidad. Y madurar, supongo que tiene que ver precisamente con aceptar la distancia que hay entre la realidad y el deseo. En el proceso de individuación adolescente lo normal es la rebeldía, la urgencia (queremos todo y todo para ya, para ahora mismo). Pero a mis prontos 41, (no tengo rollo en decir mi edad, esto no es un concurso de juventud y belleza), ya está claro que la distancia entre la realidad y el deseo es algo insoslayable. Y en realidad no me quejo, junto a los dolores más hondos siempre ha terminado floreciendo el placer, la alegría, los momentos de paz. Soy afortunada en mi terquedad, me dedico a algo que me motiva enormemente, ser una curiosa sin remedio. Que eso se haya canalizado hacia la literatura, no es precisamente sacarse la lotería, pero te da también el acceso a tantas cosas interesantes, hondas, maravillosas. Y mi mundo, afortunadamente, tampoco se cierra en lo exclusivamente literario. Hay una amplia gama de otros intereses que me motivan para tratar de entender el mundo que me rodea, para tratar de entender de dónde viene, hacia dónde parece que va. Es fregadísimo eso de que las cosas materiales no halles cómo cubrirlas, pero cubrirlas tampoco hace a nadie feliz. Debo seguir buscando un modo de equilibrar las cosas, de vincular los bienes del intelecto y la creatividad con el mundo material. Eso me parece obvio. Por lo pronto, le sigo la pista a mi archivo en la computadora de "Movimientos financieros", sigo regañándome por mi dificultad para organizar mejor mi presupuesto y sobre todo aprendo cada día a tomarme con más calma los infinitos azares que no dependen de mí que a diario me fastidian un poco: vivir en una ciudad colapsada por completo, tener unas entradas económicas tan magras, no terminar de entender la lógica mental de mis conciudadanos, que es a veces tan irresponsable y grosera, etc, etc. Eso me desquicia mucho. El atropello gratuito sobre todo. El que sea tan frecuente que te afecte la irresponsabilidad de personas de las que dependen un montón de cosas que te afectan. Esta mañana estuve a punto de irme de una jornada de reflexión sobre estética a la que he asistido los últimos días. Luego de estar más de media hora esperando el inicio de las actividades por sobre la hora pautada, me senté en la sala y una adolescente no muy amable me dijo que tenía que salirme porque los ponentes no habían llegado aún. Entonces te dicen que no hay que ser tan cartesiano, que hay imponderables,etc. El problema es que en este país siempre hay imponderables, y por eso siempre seremos un país "en vías de desarrollo", pero que jamás madurara, jamás va a desarrollarse. Porque como dijo el viejo Sartre: "Mi libertad termina donde empieza la de los demás", es decir, si lo que yo hago afecta a terceros, tengo que actuar de manera que friegue a los demás lo menos posible. Eso sería lo lógico. Así se construyen las sociedades productivas. Pero como dijo José Ignacio Cabrujas alguna vez: esta no es una sociedad de constructores sino una sociedad de demoledores. En fin, no puedo cambiar el mundo, no puedo cambiar la vida, así que me toca ser un poco más tolerante, entre otras cosas. Construirme una paciencia a pruebas de balas. Aceptar que las cosas son así y punto. Coño, creo que finalmente estoy madurando.
mayo 11, 2007
mayo 11, 2007
viernes, 4 de mayo de 2007
Días de poco ruido y pocas nueces
Unos cuantos días sin escribir nada en este espacio. Días grises, poco qué decir, o tal vez pocas ganas de decirlo. Mi padre se le han complicado un tanto su colección de enfermedades crónicas. Lo que nos ha tenido en casa con algo de inquietud. Me ha invadido una suerte de inercia emocional. Nada me motiva mucho, nada me emociona. Me dejo ir. Ayer, por lo menos, me cité con unas amigas en un vernissage de un conocido artista al que hemos visto transitar por la escena local desde la década de los ochenta: Muu Blanco. La exposición en sí no me dijo gran cosa, pero me hizo bien encontrarme con el siempre ocurrente Manuel Lebón, y tomarme unas copitas de vino con mis amigas Marisela y Nélida, quienes me presentaron un muy joven nuevo amigo, David. No puedo dejar de admitir que Caracas vuelve a parecerse a la Caracas que nos dio horas felices, divertidas. Una Caracas donde siempre está pasando algo, donde tienes múltiples opciones para distraerte, ocuparte. Dos días atrás vi una película del ciclo de cine francés "Otros tiempos" con Gerard Depardiú y Catherine Denueve, dos de mis íconos actorales del cine contemporáneo. No es de esas películas inolvidables, probablemente me olvidaré pronto de ella, pero es un buen cuadro de la sociedad actual, híbrida, pesimista, multicultural, multisexual. En fin, un cuadro bien hecho de nuestras patologías, nuestras maneras cada vez más desencontradas de vivir. Una vez más estalla un drama muy repetido en las últimas películas que he visto: la crisis de la familia y la crisis de la sociedad, que se refleja en extrañas rutinas un tanto perversas. Manuel Lebón nos invitó a un par de rumbas para los próximos días, por lo pronto podré distraer este extraño estado de ánimo que insiste en descolocarme. No es declarada depresión, se parece más bien al aburrimiento. Por lo tanto la diversión, la distracción parecen buen antídoto. Mientras tanto sigo visitando mi psicoanalista y doy testimonio de mi pananoia urbana y mi irresuelto problema de descolocación. Parece que no logro deslastrarme de ya antiguos esquemas heredados que no permiten parecerme a la persona que he querido ser desde hace poco más de veinte años. Una persona contenta de sí y con una relación más o menos saludable con el entorno. El espejo no miente, esa mujer que estoy viendo día a día no se parece a mí, ¿dónde estoy yo? ¿Dónde está la mujer que quiero ver en ese y todos los espejos que me topo a diario? El espejo es sólo la punta del iceberg. ¿Por qué mi vida se sigue pareciendo tanto a un naufragio? Por lo pronto sigo esforzándome y tratando de hacer esa mujer que no logro amasar más allá o más acá de lso espejos. Algo si se me hace claro: he dejado de sentirme querida o deseada, no sé desde cuándo, y eso para una mujer es muy triste. Y ese es parte del problema. No todo, por supuesto, pero si una parte importante. Me hace bien escribirlo, aunque nadie parece haber pasado por mi bitácora hace ya un tiempo. A fin de cuentas nunca escribí por palmaditas o reconocimiento, siempre escribí porque me hacía bien, porque básicamente -y es una de las pocas cosas que tengo claras en la vida- soy una escritora.
lunes, 23 de abril de 2007
Sobre la necesidad de una mirada crítica
Leo sobre la subjetividad femenina, busco una vía para entender mis contradicciones. Intento encontrar un cierto equilibrio en medio del caos. Me veo viéndome, desde siempre. Estoy intentando entender por qué repito ciertos patrones de conducta, por qué invariablemente hallo nuevos caminos sin encontrar el camino. Una vía regia donde entrelazar todo lo que soy: cuerpo, ideas, sentimientos. He sido tantas cosas, soy tantas cosas. Quisiera encontrar un hilo para tantas inquietudes, tantos mundos, tantos anhelos, tantos vínculos diversos. Mi paisaje es un caleidoscopio. Mi voluntad de saber parece mi única lámpara, mi voluntad de entender el mundo que me rodea. De dónde viene, hacia dónde va, qué hago yo en él.
A veces todo parece ir muy de prisa, a veces todo cae en una suerte de inercia asfixiante. Me veo improvisando malabares. Me veo cuidando las fronteras que no debo traspasar, y que a veces he traspasado. La curiosidad mató al gato, como dice la popular frase. Intento compaginar equilibradamente lo que soy con lo que me llama del afuera. He sido repetidas veces destrozada por lo real. Con toda la carga simbólica que esta frase tiene. Sí, me refiero a perder la cordura, ser devastado por la realidad.
No soy amiga de lo rutinario, pero tampoco puede vivirse en una eterna locura, un eterno desbocamiento, una eterna improvisación. Por ley de equilibrio irse a un extremo, es estar entre extremos, terminar arrojado a su contrario. Eso emocionalmente jode, puede llegar a enfermarte. En algunos momentos de mi vida me ha enfermado. “—Es que no somos como el común”, me decía hace poco Marisela, una amiga de muchos años, en una conversación telefónica. Es cierto, pero aún en ese salirse de los patrones debemos encontrar un orden. No está en nosotras cumplirle a la sociedad, encajar en sus estereotipos acerca de la mujer (ser amas de casa tradicionales, criar niñitos, rendirle culto a algún hombre de por vida, etc), pero invariablemente tropezamos con cierto malestar y nos deprimimos. No hemos encontrado una buena manera de lidiar con nuestras carencias, nuestras incertidumbres. No tenemos modelos felices de mujeres solas.
La libertad de ser, entonces, tiene sus límites. No sólo porque, como decía Sartre “mi libertad termina donde comienza la de los demás”, es decir, porque mis actitudes o acciones afecten a terceros, sino porque me afectan a mí. Satisfacer mis deseos pasa por vectores que sí son los del común: sentirme querida, satisfacer mis necesidades básicas (que no las estoy satisfaciendo), no sentirme en peligro, no sentir dolor (físico o espiritual).
Cuando siento malestar, obviamente, algo no está funcionando bien, algo dentro de mí me está haciendo un reclamo. O estoy enfocando mal las cosas o me equivoqué y estoy tomando un camino erróneo. Sin hablar de los factores externos que no dependen de uno: vivir en un contexto que parece cada vez más hostil; vivir en una sociedad que ha pretendido hacer del desorden, la desorganización, el azar, una virtud; ser lastimada o agredida por otros, con o sin causa, etc.
Intento lidiar con mis malestares y contradicciones -de los que no culpo a nadie- de la mejor manera posible, pero no es tarea fácil. Aún después de muchos años de meditación, terapia psicológica, una vida lo más sana posible, acuso cada tanto un knock out, me siento lanzada contra las cuerdas. Ponchada por el mundo, por las personas que me rodean y por mí misma. No soy condescendiente ni con el mundo ni conmigo misma. Acusar malestar me parece de lo más sano, me permite estar alerta, me permite ser mejor, crecer. Aunque eso, a veces, pueda molestar a otros. Acabo de releer la biografía de Renny Ottolina y volví a sentir esa tristeza que sintió la niña que fui cuando él murió. Días atrás recordaba vía correo electrónico, con otro espíritu crítico de esta ciudad, Elisa Lerner, a José Ignacio Cabrujas. Siempre se paga el precio por disentir, por ser un espíritu crítico, pero yo siempre he estado dispuesta a pagarlo, aunque eso me haya fregado. Afortunadamente uno halla su tribu, aún en medio del desierto, y eso compensa, gratifica. Saber que en la memoria, o en el presente, no se está del todo solo.
Caracas, 22 de abril de 2007, en maitines.
A veces todo parece ir muy de prisa, a veces todo cae en una suerte de inercia asfixiante. Me veo improvisando malabares. Me veo cuidando las fronteras que no debo traspasar, y que a veces he traspasado. La curiosidad mató al gato, como dice la popular frase. Intento compaginar equilibradamente lo que soy con lo que me llama del afuera. He sido repetidas veces destrozada por lo real. Con toda la carga simbólica que esta frase tiene. Sí, me refiero a perder la cordura, ser devastado por la realidad.
No soy amiga de lo rutinario, pero tampoco puede vivirse en una eterna locura, un eterno desbocamiento, una eterna improvisación. Por ley de equilibrio irse a un extremo, es estar entre extremos, terminar arrojado a su contrario. Eso emocionalmente jode, puede llegar a enfermarte. En algunos momentos de mi vida me ha enfermado. “—Es que no somos como el común”, me decía hace poco Marisela, una amiga de muchos años, en una conversación telefónica. Es cierto, pero aún en ese salirse de los patrones debemos encontrar un orden. No está en nosotras cumplirle a la sociedad, encajar en sus estereotipos acerca de la mujer (ser amas de casa tradicionales, criar niñitos, rendirle culto a algún hombre de por vida, etc), pero invariablemente tropezamos con cierto malestar y nos deprimimos. No hemos encontrado una buena manera de lidiar con nuestras carencias, nuestras incertidumbres. No tenemos modelos felices de mujeres solas.
La libertad de ser, entonces, tiene sus límites. No sólo porque, como decía Sartre “mi libertad termina donde comienza la de los demás”, es decir, porque mis actitudes o acciones afecten a terceros, sino porque me afectan a mí. Satisfacer mis deseos pasa por vectores que sí son los del común: sentirme querida, satisfacer mis necesidades básicas (que no las estoy satisfaciendo), no sentirme en peligro, no sentir dolor (físico o espiritual).
Cuando siento malestar, obviamente, algo no está funcionando bien, algo dentro de mí me está haciendo un reclamo. O estoy enfocando mal las cosas o me equivoqué y estoy tomando un camino erróneo. Sin hablar de los factores externos que no dependen de uno: vivir en un contexto que parece cada vez más hostil; vivir en una sociedad que ha pretendido hacer del desorden, la desorganización, el azar, una virtud; ser lastimada o agredida por otros, con o sin causa, etc.
Intento lidiar con mis malestares y contradicciones -de los que no culpo a nadie- de la mejor manera posible, pero no es tarea fácil. Aún después de muchos años de meditación, terapia psicológica, una vida lo más sana posible, acuso cada tanto un knock out, me siento lanzada contra las cuerdas. Ponchada por el mundo, por las personas que me rodean y por mí misma. No soy condescendiente ni con el mundo ni conmigo misma. Acusar malestar me parece de lo más sano, me permite estar alerta, me permite ser mejor, crecer. Aunque eso, a veces, pueda molestar a otros. Acabo de releer la biografía de Renny Ottolina y volví a sentir esa tristeza que sintió la niña que fui cuando él murió. Días atrás recordaba vía correo electrónico, con otro espíritu crítico de esta ciudad, Elisa Lerner, a José Ignacio Cabrujas. Siempre se paga el precio por disentir, por ser un espíritu crítico, pero yo siempre he estado dispuesta a pagarlo, aunque eso me haya fregado. Afortunadamente uno halla su tribu, aún en medio del desierto, y eso compensa, gratifica. Saber que en la memoria, o en el presente, no se está del todo solo.
Caracas, 22 de abril de 2007, en maitines.
iLustración: autorretrato con Friné
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