O! Solitude, my sweetest choice
Places devoted to the night,
Remote from tumult, and from noise,
How you my restless thoughts delight!
O Heavens! what content is mine,
To see those trees which have appear’d
From the nativity of Time,
And which hall ages have rever’d,
To look to-day as fresh and green,
As when their beauties first were seen!
Letra: Katherine Philips, poeta renacentista inglesa.
Música: Henry PurcellCanta: Alfred Déller
Oh soledad! mi dulce elección espacio consagrado a la noche, Lejos del tumulto, y del ruido, Cómo te deleitas en mi sentir anhelante Oh Cielos! lo en mi contenido, Para mirar los árboles que han resurgido Desde el nacimiento del Tiempo, Y el umbral de las edades que se ha estremecido Para mirar el día, ahora fresco y verde, Como cuando sus bellezas fueron vistas por primera vez!
(gracias a Edgar Vidaurre por hacerme llegar el poema de Katherine Philips y hacerme escuchar su versión musicalizada por Purcell)
martes, 20 de noviembre de 2007
jueves, 15 de noviembre de 2007
Agradecimientos
Agradezco todos los comentarios que han dejado en la Bitácora en los últimos días. Gracias Aramakao por tu comentario. Gracias Fedosy. No sabía cómo hacerte llegar mi modestísima nota pero ya veo que llegaste a ella. Lo cual me contenta. Belkys, gracias por ser consecuente. Mi agradecimiento también a Eleonora, que pasa por aquí aunque raramente deja comentarios.
Poema
Desde hace algunos días la zozobra y la dificultad para conectarme a internet no me han permitido actualizar la página. Aquí estoy de nuevo y con mi lado que más les gusta, la poeta. Aunque no puedo dejar de decir algo que dije en los dos últimos días a mis alumnos de los dos cursos que dicto en la UCV: NO A LA VIOLENCIA. LA VIOLENCIA NUNCA ES LA SOLUCION: LA VIOLENCIA SOLO GENERA MAS VIOLENCIA.
Beatriz Alicia
a Dora Naranjo de García, mi madre
Mi madre empieza a acompañarme.
Mi madre anciana y sigilosa
de tan bello rostro a pesar del tiempo.
Mi madre me da sombra
ante la luz quemante del mundo,
se hace tibieza en mi alma
con la piedad de sus consejos.
Mi madre sabia e intuitiva
ha empezado a acompañarme,
ahora que soy mujer con soledad
y sin habitación propia.
Mi madre se apaga con lentitud
y paciencia,
pero en mí enciende su antorcha de heredad.
Yo la escucho como desde lejos,
limando las distancias, perdonando las asperezas,
yo la acojo sentándome en su sombra,
yo la acojo para que me acompañe,
para que no se vaya tan sola,
para que yo también la acompañe
y el río de la sangre sea en lo eterno
mutua compañía,
sea en lo solo un resplandor.
(Gracias a María Auxiliadora Álvarez cuya bella imagen de la madre y el páramo solo ayudaron a despertar estas imágenes, este sentimiento)
Beatriz Alicia
a Dora Naranjo de García, mi madre
Mi madre empieza a acompañarme.
Mi madre anciana y sigilosa
de tan bello rostro a pesar del tiempo.
Mi madre me da sombra
ante la luz quemante del mundo,
se hace tibieza en mi alma
con la piedad de sus consejos.
Mi madre sabia e intuitiva
ha empezado a acompañarme,
ahora que soy mujer con soledad
y sin habitación propia.
Mi madre se apaga con lentitud
y paciencia,
pero en mí enciende su antorcha de heredad.
Yo la escucho como desde lejos,
limando las distancias, perdonando las asperezas,
yo la acojo sentándome en su sombra,
yo la acojo para que me acompañe,
para que no se vaya tan sola,
para que yo también la acompañe
y el río de la sangre sea en lo eterno
mutua compañía,
sea en lo solo un resplandor.
(Gracias a María Auxiliadora Álvarez cuya bella imagen de la madre y el páramo solo ayudaron a despertar estas imágenes, este sentimiento)
martes, 30 de octubre de 2007
Entre narradores seductores te veas


Recientemente he leído dos buenos narradores venezolanos, y por supuesto no puedo dejar de comentarlo en este blog. A Fedosy Santaella le fue publicada recientemente una novela, Rocanegras, la cual he disfrutado de principio a fin. En ella combina el suspenso, el cuento de capa y espada, el romance, la intrahistoria. Es un texto que verdaderamente no tiene desperdicio. Además de la estructura y los temas muy bien hilvanados, presenta un lenguaje muy cuidado, que te introduce en la época en la cual transcurre la trama, la dictadura gomecista. Retoma además un personaje, el llamado conde de Rocanegras, al cual hace referencia Aquiles Nazoa en su Caracas física y espiritual, que nos vincula con aquella Caracas de antaño, la de las retretas en la plaza Bolívar, el tranvía. Aquella Caracas amable, pero en la que también ocurrían las intrigas de palacio, en las que nos introduce Santaella. Felicito a Fedosy, a quien estamos considerando leer en la cátedra de literatura venezolana de la Universidad Central.
Otro best-seller reciente que no pude vencer la tentación de adquirir y tuve que llevarme de la librería Suma de Sabana Grande fue Miedo, pudor y deleite de Federico Vegas. Esta novela de temática sentimental inicialmente me atrapó como pocas. Es de una desnudez que te sonroja. Otea el tras bastidores de la relación de pareja sin pudor alguno en una suerte de danza de los siete velos. Lo que subyace al: Y fueron muy felices para siempre... Todo eso que la cotidianidad puede ir anesteciando y transforma en algo muy poco rosa. El tema central es: ser o no ser... infiel. Pero luego, se me desinfló la novela de Vegas, debo decirlo. No mantiene el mismo ritmo hasta el fin, cuando de veras nos parece que estamos llegando al nudo, algo va a unir o desunir a esta pareja que venimos acompañando, entonces el autor nos hace un larguísimo flash back que te enfría el guarapo. Por lo menos a mí me lo enfrió. De todos modos igual me atrapó buena parte de la novela y de la trama. Vegas también esta en mi lista de narradores seductores de Caracas. En cuanto pueda voy por sus crónicas recientemente publicadas por la Bigott, las que he leído en prensa me gustaron mucho.
lunes, 22 de octubre de 2007
Poema contra Atila
Luego de unos cuantos días sin pasar por aquí, vuelvo por mis fueros con uno de mis recientes poemas, está dedicado con afecto a algunos amigos de mi generación.
a Luis Antonio Toca, a Marisela De Abreu, a Juan Carlos Ballesta, a Gezzilia Picarreta, a Nélida Pino, a José Adán Niño, a Boris Muñoz, a Manuel Llorens
No sé por qué nos gusta
la alegre irreverencia de un Haring
que prefigura muerte por Sida,
las músicas exóticas y tecnológicas,
los mundos presentidos, las vanas promesas
de la noche urbana
que acarician al pequeño dios
que vive en nuestro insomnio.
Nuestros sueños ya turbios
se desnudan sin pudor
en el cemento de cada día,
en las tragedias del televisor,
en cualquier beso que nos seduce
desde la Web World Wide,
mientras el miedo ronda
en cualquier amenaza de virus,
cualquier posible olvido de condón,
cualquier gusano desplazándose
cortesía de algún hacker adolescente
de Korea,
cualquier edulcorante que te va a envenenar,
cualquier medicamento prohibido
por la Organización Mundial de la Salud,
cualquier taxi sin frenos
que te espera en el próximo semáforo de la madrugada,
cualquier malandro que anhela
tus zapatos, tu carro o tu mente,
cualquier mal hábito placentero
que te espera como una sentencia
en tu correo electrónico.
Mientras el miedo ronda,
seguimos encabuyéndonos
por nuestros caminos verdes,
seguimos inventando nuevas formas
de hedonismo,
nuevas formas de vencer el monstruo
que nos devora,
ese Atila de tu cerebro
con sus batallones ávidos,
con su sed insaciable,
con sus autos estrellándose
a toda velocidad
contra tus sueños de ayer.
Bésalo, es virtual,
envenénalo, dale un poco
de su propia medicina.
a Luis Antonio Toca, a Marisela De Abreu, a Juan Carlos Ballesta, a Gezzilia Picarreta, a Nélida Pino, a José Adán Niño, a Boris Muñoz, a Manuel Llorens
No sé por qué nos gusta
la alegre irreverencia de un Haring
que prefigura muerte por Sida,
las músicas exóticas y tecnológicas,
los mundos presentidos, las vanas promesas
de la noche urbana
que acarician al pequeño dios
que vive en nuestro insomnio.
Nuestros sueños ya turbios
se desnudan sin pudor
en el cemento de cada día,
en las tragedias del televisor,
en cualquier beso que nos seduce
desde la Web World Wide,
mientras el miedo ronda
en cualquier amenaza de virus,
cualquier posible olvido de condón,
cualquier gusano desplazándose
cortesía de algún hacker adolescente
de Korea,
cualquier edulcorante que te va a envenenar,
cualquier medicamento prohibido
por la Organización Mundial de la Salud,
cualquier taxi sin frenos
que te espera en el próximo semáforo de la madrugada,
cualquier malandro que anhela
tus zapatos, tu carro o tu mente,
cualquier mal hábito placentero
que te espera como una sentencia
en tu correo electrónico.
Mientras el miedo ronda,
seguimos encabuyéndonos
por nuestros caminos verdes,
seguimos inventando nuevas formas
de hedonismo,
nuevas formas de vencer el monstruo
que nos devora,
ese Atila de tu cerebro
con sus batallones ávidos,
con su sed insaciable,
con sus autos estrellándose
a toda velocidad
contra tus sueños de ayer.
Bésalo, es virtual,
envenénalo, dale un poco
de su propia medicina.
lunes, 1 de octubre de 2007
La paradoja de Itaca o el discreto encanto de la crónica
LA PARADOJA DE ITACA O EL DISCRETO ENCANTO DE LA CRÓNICA
En realidad el encanto de la crónica ha terminado cobrando, por lo menos en Latinoamérica, un auge considerable en los últimos años. A pesar de que “oficialmente” no es un género prestigioso, tiene una tradición que se remonta a nuestros inicios republicanos. En nuestra prensa del siglo XIX la crónica de costumbres dio inicio a nuestros primeros esbozos literarios publicados. A veces se vincula esta crónica con las de la Conquista, en tanto relato que describe y ausculta una realidad. Pero la finalidad, y el tono eran distintos. En las Crónicas de la Conquista de América no había humor ni función didáctica, como si lo hubo en cierta crónica costumbrista, la de la Conquista estuvo más cerca del relato histórico y de la rendición de cuentas a la Corona. Buscaba un rédito mercantil, principalmente. Luego los historiadores transformarían las hazañas y los asombros relatados en Historia, con mayúscula, alimentando leyendas negras y doradas. Lo que une ciertamente a ambos tipos de crónica es su capacidad de fabulación, la manera en que retrataron a los lugareños, y lugareñas del continente, e hicieron de ellos personajes. Tal como a comienzos del siglo XX Teresa de la Parra, en sus Memorias de Mamá Blanca, nos caricaturizara con su inolvidable Vicente Cochocho, su tío Juancho y las niñitas de la hacienda Piedra Azul, no sin cierta dosis de humor.
Este sábado de cercano inicio de clases, desperté temprano y recordé uno de los libros adquiridos en fecha reciente que esperaba su turno para ser leído, La paradoja de Ítaca del escritor venezolano Gustavo Valle, subtitulado “De ciudades y de viajes”. Lo compré porque no hace mucho leí unos versos del autor que me gustaron mucho, unos versos sobre la ciudad, lo urbano. Y porque la crónica, en definitiva ha venido ejerciendo hacia mí en los últimos años un seductor encanto. Todo empezó desempolvando las Crónicas ginecológicas de Elisa Lerner, luego leí otras crónicas de la autora, luego tropecé en una feria del libro con unas crónicas de Mary Ferrero, luego desempolvé unas crónicas de Sergio Dahbar, que edité para Alfadil a comienzos de los 90’s, cuando trabajé como encargada de Producción y medios de esa editorial. Luego me topé con las ediciones de la editorial Debate y compré unas crónicas de Martí, prologadas por Susana Rotker. Para no hacer más largo el cuento, las crónicas me han seguido persiguiendo. He disfrutado enormemente las de Gustavo Valle, La paradoja de Ítaca editadas en la colección Cada día un libro del Ministerio de la Cultura en Caracas. No conozco a Valle, a pesar de que somos egresados de la misma universidad, y de la misma carrera. Pero sus crónicas tienen en definitiva esa sinceridad, esa alma, que tanto disfruto de las crónicas, cuando son buenos crónicas. Sus crónicas sobre Caracas no tienen desperdicio, ni las otras crónicas que he podido leer en este rapto mañanero sabatino. Tienen esa suerte de desolación poética del escritor urbano, esa dosis de escepticismo, de vocación escapista. Va de un continente a otro, de los rincones más inhóspitos de Madrid, al paisaje invernal de las afueras de París y luego cruza el océano para hablarnos de Washington, o de un museo dedicado a Edgar Allan Poe. Dejaré aquí un fragmento de de sus crónicas de Caracas, que probablemente leeré a mis alumnos de la Universidad Central cuando hablemos del modo en que algunos escritores se han aproximado a nuestra ciudad contemporánea:
“Caracas es una ficción. Me reencuentro con ella después de varios años y veo que no ha cambiado (¿o sí?), sigue siendo el mismo espacio de lo imprevisible y lo impostergable. Desde que la conozco no ha dejado de travestirse una y otra vez, siempre sumida en una obstinada carrera hacia la metamorfosis y el cambalache. Por eso está idéntica, igualita. Fiel así (sic) misma, no hay nada que la aparte de su fantasía ultramoderna donde todo corre (y se atasca) a la velocidad de los carros (…)”.
(“Un bolero llamado Caracas”)
“Pero nuestra realidad no es dura sino blanda: carece de contornos y no está sujeta a norma alguna. Nuestra vocación de inexactitud nos hace valorar todas las aproximaciones y cultivamos el humor y el amor (y todas las ciencias inexactas) más que ninguna otra disciplina. Nuestro presente es una amalgama de oráculos y especulaciones, de tanteos y simulacros. Los venezolanos solemos pensar que todo se arreglará en el futuro. Tenemos fe en ese futuro pues somos un pueblo esperanzado. Es decir, somos irremediablemente cursis y mogijatos y ensayamos un optimismo a prueba de bombas que atenta contra toda lucidez. Preferimos las promesas a las acciones, pues las primeras son vagas y las otras categóricas. Adoramos esa vaguedad porque somos seductores, o nos creemos seductores –y en ninguna parte del mundo existen seductores pesimistas.”
(“Lo cursi y lo porno”)
Coda: Intenté ilustrar nuestro sentimentalismo a través de una imagen del cierre de RCTV, y después de dos intentos fallidos no lo intentaré nuevamente, pero dejo constancia para mis posibles lectores que en este blog se montan no las imágenes que se quieren sino las que se pueden.
En realidad el encanto de la crónica ha terminado cobrando, por lo menos en Latinoamérica, un auge considerable en los últimos años. A pesar de que “oficialmente” no es un género prestigioso, tiene una tradición que se remonta a nuestros inicios republicanos. En nuestra prensa del siglo XIX la crónica de costumbres dio inicio a nuestros primeros esbozos literarios publicados. A veces se vincula esta crónica con las de la Conquista, en tanto relato que describe y ausculta una realidad. Pero la finalidad, y el tono eran distintos. En las Crónicas de la Conquista de América no había humor ni función didáctica, como si lo hubo en cierta crónica costumbrista, la de la Conquista estuvo más cerca del relato histórico y de la rendición de cuentas a la Corona. Buscaba un rédito mercantil, principalmente. Luego los historiadores transformarían las hazañas y los asombros relatados en Historia, con mayúscula, alimentando leyendas negras y doradas. Lo que une ciertamente a ambos tipos de crónica es su capacidad de fabulación, la manera en que retrataron a los lugareños, y lugareñas del continente, e hicieron de ellos personajes. Tal como a comienzos del siglo XX Teresa de la Parra, en sus Memorias de Mamá Blanca, nos caricaturizara con su inolvidable Vicente Cochocho, su tío Juancho y las niñitas de la hacienda Piedra Azul, no sin cierta dosis de humor.
Este sábado de cercano inicio de clases, desperté temprano y recordé uno de los libros adquiridos en fecha reciente que esperaba su turno para ser leído, La paradoja de Ítaca del escritor venezolano Gustavo Valle, subtitulado “De ciudades y de viajes”. Lo compré porque no hace mucho leí unos versos del autor que me gustaron mucho, unos versos sobre la ciudad, lo urbano. Y porque la crónica, en definitiva ha venido ejerciendo hacia mí en los últimos años un seductor encanto. Todo empezó desempolvando las Crónicas ginecológicas de Elisa Lerner, luego leí otras crónicas de la autora, luego tropecé en una feria del libro con unas crónicas de Mary Ferrero, luego desempolvé unas crónicas de Sergio Dahbar, que edité para Alfadil a comienzos de los 90’s, cuando trabajé como encargada de Producción y medios de esa editorial. Luego me topé con las ediciones de la editorial Debate y compré unas crónicas de Martí, prologadas por Susana Rotker. Para no hacer más largo el cuento, las crónicas me han seguido persiguiendo. He disfrutado enormemente las de Gustavo Valle, La paradoja de Ítaca editadas en la colección Cada día un libro del Ministerio de la Cultura en Caracas. No conozco a Valle, a pesar de que somos egresados de la misma universidad, y de la misma carrera. Pero sus crónicas tienen en definitiva esa sinceridad, esa alma, que tanto disfruto de las crónicas, cuando son buenos crónicas. Sus crónicas sobre Caracas no tienen desperdicio, ni las otras crónicas que he podido leer en este rapto mañanero sabatino. Tienen esa suerte de desolación poética del escritor urbano, esa dosis de escepticismo, de vocación escapista. Va de un continente a otro, de los rincones más inhóspitos de Madrid, al paisaje invernal de las afueras de París y luego cruza el océano para hablarnos de Washington, o de un museo dedicado a Edgar Allan Poe. Dejaré aquí un fragmento de de sus crónicas de Caracas, que probablemente leeré a mis alumnos de la Universidad Central cuando hablemos del modo en que algunos escritores se han aproximado a nuestra ciudad contemporánea:
“Caracas es una ficción. Me reencuentro con ella después de varios años y veo que no ha cambiado (¿o sí?), sigue siendo el mismo espacio de lo imprevisible y lo impostergable. Desde que la conozco no ha dejado de travestirse una y otra vez, siempre sumida en una obstinada carrera hacia la metamorfosis y el cambalache. Por eso está idéntica, igualita. Fiel así (sic) misma, no hay nada que la aparte de su fantasía ultramoderna donde todo corre (y se atasca) a la velocidad de los carros (…)”.
(“Un bolero llamado Caracas”)
“Pero nuestra realidad no es dura sino blanda: carece de contornos y no está sujeta a norma alguna. Nuestra vocación de inexactitud nos hace valorar todas las aproximaciones y cultivamos el humor y el amor (y todas las ciencias inexactas) más que ninguna otra disciplina. Nuestro presente es una amalgama de oráculos y especulaciones, de tanteos y simulacros. Los venezolanos solemos pensar que todo se arreglará en el futuro. Tenemos fe en ese futuro pues somos un pueblo esperanzado. Es decir, somos irremediablemente cursis y mogijatos y ensayamos un optimismo a prueba de bombas que atenta contra toda lucidez. Preferimos las promesas a las acciones, pues las primeras son vagas y las otras categóricas. Adoramos esa vaguedad porque somos seductores, o nos creemos seductores –y en ninguna parte del mundo existen seductores pesimistas.”
(“Lo cursi y lo porno”)
Coda: Intenté ilustrar nuestro sentimentalismo a través de una imagen del cierre de RCTV, y después de dos intentos fallidos no lo intentaré nuevamente, pero dejo constancia para mis posibles lectores que en este blog se montan no las imágenes que se quieren sino las que se pueden.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Caracas amor y muerte
a Belkys Arredondo
A pleno sol
la ciudad quema
en la piel
se abre a mis pies
-amante inhóspita-
su boca de humo
me besa
su llaga
me besa
flor de sangre y cemento caliente
en la memoria
de la crónica roja
sus brazos me acogen
en el miedo punzante
de la multitud ansiosa
su vocación de sobrevivencia
me conmueve
hasta lo hondo
—Te quiero, le digo
a pesar de todo
como acariciando su lomo
-su verde montaña, su exiguo
pulmón-
sus monumentos en ruinas
sus viejas melodías
Caracas, septiembre 2007
A pleno sol
la ciudad quema
en la piel
se abre a mis pies
-amante inhóspita-
su boca de humo
me besa
su llaga
me besa
flor de sangre y cemento caliente
en la memoria
de la crónica roja
sus brazos me acogen
en el miedo punzante
de la multitud ansiosa
su vocación de sobrevivencia
me conmueve
hasta lo hondo
—Te quiero, le digo
a pesar de todo
como acariciando su lomo
-su verde montaña, su exiguo
pulmón-
sus monumentos en ruinas
sus viejas melodías
Caracas, septiembre 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
