Elí Galindo
Elí Galindo (San Sebastián de los Reyes, 1947-Caracas, 2006) perteneció
a la “Pandilla de Lautremont”, un grupo de poetas venezolanos que a finales de los sesenta y comienzos de la década del
setenta del siglo XX, comenzó a reunirse en los bares de Sabana Grande, que era
entonces epicentro de la vida cultural y bohemia de Caracas. También formaron
parte del grupo Caupolicán Ovalles, el “Chino” Víctor Valera Mora, Luis Camilo
Guevara, William Osuna y Luis Sutherland. Durante más de veinte años Galindo
fue docente en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Allí
lo conocí, a comienzos de la década de los ochenta, cuando yo era una joven
estudiante que escribía sus primeros versos y el coordinaba un taller de
Poesía, el primer taller en el que participé. Fui afortunada, porque el poeta
era cordialísimo y trataba con sumo respeto esos primeros versos que llevábamos
con tanto temor al aula. Sé que muchos otros coordinadores de taller no eran
tan gentiles con sus pupilos. En ese entonces, además de dar clases en la
Escuela de Letras, él trabajaba con el
poeta Vicente Gerbasi en la Revista Nacional de Cultura. Tengo un grato recuerdo
de aquellos días y de aquel poeta que había nacido en el mismo pueblo que mamá
y el poeta Miguel Ramón Utrera, a quien conocí poco tiempo después. Por esos
años recibió el Premio Internacional de la revista Poesía de la Universidad de
Carabobo (UC, 1985), y el Premio Conac de Poesía Francisco Lazo Martí (1987).
El libro de poemas que releo, San Baudelaire reúne los libros Los viajes del barco fantasma (UCV,
1974), que mereció el Premio Universidad Central de Venezuela mención Poesía
(1975), Ruido de las esferas (Monte
Ávila Editores, 1986), ganador del Premio Municipal de Literatura del Concejo
Municipal del Distrito Federal (1985), y el poemario inédito Las estrellas fugaces me ponen ebrio,
que recibió el premio Casa de la Cultura del Estado Aragua (1971). Además
recibió el Premio Municipal de Literatura “Manuel Díaz Rodríguez” del Concejo
Municipal del Distrito Sucre (1974). A su obra inédita pertenecen los libros Metamorfosis, Elegías y Convidado de tierra.
En sus textos poéticos, como en el Universo, se unen el cosmos infinito con
la tierra y los árboles, y siempre con una visión, unas imágenes donde el alma
está presente, el sentimiento arropa lo que ve con reverencia y también con una
cierta melancolía. Todo se entrelaza en ese mirar que se hace imagen. En sus
metáforas limpias confluyen el mirar, lo mirado y un imaginario que brota a
partir de ese mirar donde el agua se reitera, el mar, el río, el navegar por ese viaje que es la vida. Hay
en su obra personajes del imaginario clásico antiguo Carón, Aqueronte, Orfeo,
el Leteo, Ícaro. Y así mismo encontramos en sus versos algo del imaginario
romántico y surrealista, la noche, el sueño, la luna son referentes de algunos
de sus versos. Pero el privilegio es siempre el paisaje, la naturaleza, los
pájaros, que reaparecen en sus versos como espejos del alma, como memoria de su
infancia de Provincia entre árboles, pájaros, un río, que llevó consigo
siempre.

Como una piedra
Los frutos verdes me traen el cielo
los días de sol
cuelgo mi rostro y me doy por entero
al campo
de los valles guardo las cosas
lejanas
borro las montañas y caigo como una
piedra detrás de los relámpagos
nace en mis manos un bosque blanco de
robles hacia las rejas del
[cielo
fluye el azul y va el rojo en las
cenizas como una flor
regreso en los ojos de un zorro
amarillo que surge de la hierba
(De Las estrellas fugaces me ponen ebrio, 1971)
El mar en torno
Detrás del oleaje se esconden las
colinas
La piel de las barcas tiembla sobre
las duras costillas del agua
el oleaje es un grano de polvo
y desafía hasta romper
Hace quinientos años el sol se
derriba en nuestros barcos
[como un árbol
y los hombres van al corazón de las
maderas
a su humedad
Alejados del sueño
un golpazo de lluvia no baja a
nuestras lenguas
una rama de espuma no asoma a
nuestros labios
El sol ha sido el más fiel
acompañante
(De Las estrellas fugaces me ponen ebrio, 1971)
Llevamos en nosotros el río
Llevamos en nosotros el río
sus pájaros
el oleaje que avanza y regresa entre
los frutos silvestres
sus cabelleras verdes
resbalando
las palmeras van a la tierra joven de
mis ojos
el aire las mueve
y llega en capas de polvo a la
corriente que fluye
[desgastando soles
peces
bajo ráfagas
ruido de flores sobre la arena
caracoles
que es traer laberintos
Llevamos en nosotros el río
el mar en torno
qué tristeza
las ondas con sus ojos de perro
(De Las estrellas fugaces me ponen ebrio, 1971)
San Baudelaire
San Baudelaire, patrón mío,
tú sabes que tengo en una lavativa
de lino, malva y almidón,
empapada el alma de Molière
Si no eres un animal
sácame de esta tienda
y te nombro gran almirante
de mi flota del Atlántico
(Texto de un loco. Citado por Vicente Huidobro)
Afuera llueve Baudelaire
y la lluvia entra en los vidrios de la noche
Me retiro al sitio donde vivo
cierro las ventanas
entro de pie al sueño
Dejo vagar mis rasgos sobre las yerbas cortas
Un perro negro lame mis cabellos
Me acerco a los ríos
donde los peces sacan la boca del agua
y beben de la luna
Rozo las aguas con mi mano derecha
y la llevo a los ojos
desciende color a las siluetas que circundan dentro de mí
llenas de humedad
de tierra confusa
Regreso hondo
Caigo aún más en la noche
San Baudelaire extiende sus pardas alas
y me cubre el viento cargado de lluvia
y me veo cruzar las colinas
en su compañía
los dos cubiertos por capas negras
él hablando del infierno
y yo silencioso
tropezando con las rocas.
(De Los viajes del
barco fantasma, 1974)
Orfeo II
Eurídice
como la luz
eres la parte más blanda del fuego
Pájaro
Pájaro
dime bajo qué roca fluye
qué hojas cierran el cielo a sus ojos
qué noche ha dejado sobre ella sus plumas
Oh en algún lugar
vuelta hacia los blancos que cruzan
rasgando las raíces de un árbol viejo
estás Eurídice
elevando mi soledad
inclinando mi frente a la tierra fría
Nada quiero de este espacio
de estos paisajes
cuyas puertas selladas
me hacen vagar de un lugar a otro
(De Los viajes del
barco fantasma, 1974)
Mi casa me busca
Mi casa me busca
me husmea
a todas partes me sigue
Aunque me encuentre en lo más desolado
ella está conmigo
De las calles me recoge
en los malos sitios me azota
jamás me abandona
Ni en los peores momentos
de nada me priva
Ante su patio me coloca
Bajo la sombra de sus hermosas hojas
me da techo
Es capaz de ofrecerme su propio alimento
de todo me cobija
Cuando me sabe solo
junta su rostro al mío
y aullamos como lobos al viento
Delante de vosotros no estoy
sombra del que fui
me lleva en su niebla
(De El ruido de las
esferas, 1986)
Ante la ausencia de la
amada
Cuatro veces ha unido sus cuernos la luna
y mis ojos
vuelven una vez más
a la silenciosa bóveda
Retirados al espacio
que nada visible apoya
y donde corre lo celeste
los arbustos moviendo ligeramente el cuerpo
miran como yo
el cielo cribado
Qué se hizo la red de oro
que de manos del sol toma la luna
a esta hora
Tanta soledad cuelan los astros
sobre este planeta que rueda hacia lo interminable
que me pregunto
y mi corazón hacia dónde dirige sus ruedas
Calla el rocío de los astros
Paso acariciando los colgantes helechos
fuera de mí los cabellos
salen desordenados de mi cabeza
Cuatro veces ha unido sus cuernos la luna
y el rosal desde que no siente sus ojos
no florece
Esperando como yo
oyen por largo tiempo el silencio que impulsa la bóveda
(De El ruido de las
esferas, 1986)
Beatriz Alicia García