jueves, 27 de febrero de 2020

Centenario Helcías Martán Góngora




Helcías Martán Góngora fue un poeta y periodista colombiano que nació en Guapi, zona del Cauca, hace cien años, el 27 de febrero de 1920. El poeta de raza negra señaló: “La población negra me infundió, conjuntamente con el ritmo de las mareas, el sentido de la justicia social. De allí que mis poemas no puedan renunciar al acompañamiento táctico de marimba y tambor y que pregone en otros, el pregón del esclavo de ayer y de hoy".

            Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas; como periodista, colaboró con los periódicos El Tiempo, El Siglo y El Colombiano, de Medellín, y en revistas de Popayán. Creó la publicación Esparavel, que recopiló poesía tanto de autores nacionales como internacionales.

            Para diversas instituciones se desempeñó en el área de la Educación y la promoción cultural: fue Director de Extensión Cultural y Director de la Biblioteca de Extensión Cultural de la Universidad del Cauca; fue personero municipal de Popayán, director de Educación Pública en el Cauca y profesor universitario.

            Su obra poética está conformada por los títulos: Humano Litoral I y II, Mester de negrería y fabla negra, Retablo de Navidad, Breviario Negro, Esopo 2000, Notas pastorales y Pastoral negra, algunos de ellos inéditos.

            Mujer y negritud son temas centrales en su poesía de sugestivas metáforas. Su canto al amor y a la amada es también un canto a su raza y a los ritmos y pasiones que la arrastran. Y es el mar el paisaje que acompaña y atestigua su homenaje a la amada, que aparece como una figura adorada en silencio, cuya belleza se observa y desea, como aquella muchacha que inspiró a Vinicius de Moraes la canción “Muchacha de Ipanema”. En cualquier caso, canta en sus versos la voz de su raza, la belleza y los ritmos de su raza, que diferencia, marcadamente la costa colombiana del sur capitalino y cachaco. Podemos vincular la poesía de Martán Góngora con otros poetas caribeños que recogieron la herencia de su raza, tales como Nicolás Guillén, Aimé Cesaire, Derek Walcott.

Con Manuel Zapata Olivella y otros dirigentes encabezó, ya establecido en Bogotá, un movimiento por la reivindicación de los afrocolombianos. Recibió en vida varios homenajes y galardones: fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia de Historia de Popayán. Así también recibió los galardones internacionales “Caballero de la Orden de Alfnso X el Sabio y la Gran Croix d’Honneur de la Orden Imperial Bizantina de Constantino el Grande.

            Además de su amplia obra poética, que cuenta con setenta y siete títulos, cuarenta y siete de ellos publicados en vida. Su obra inédita fue publicada gracias a la diligencia de su sobrino y biógrafo Alfonso Martán Bonilla y de su esposa Adelaida de Martán. También escribió teatro (Lázaro), ensayos y novelas (Socavón, su corta y conocida novela, fue mención de honor del Premio Esso en 1967, en el que ganó La mala hora de Gabriel García Márquez). Su libro de cuentos, Historias sin fecha, fue publicado por Colcultura en 1974. Escribió más libros que sus años de vida, ya que murió a los sesenta y cuatro años, el 16 de abril de 1984. Realizó también varias antologías –entre ellas Índice poético de Buenaventura (1976) y Poesía afrocolombiana, edición póstuma (2008).

3
Yo digo el mar, con esta voz que fluye de la marea de la sangre, en
donde canta Dios que me enseñó este fuerte oceánico rumor.
Yo digo el mar con esta voz que colma su distancia, que es mi
propia distancia y en mi grito cabe con sus ríos, como el hijo en
el vientre maternal.
Yo digo el mar. Sabedlo, hombres mediterráneos, litorales, doncellas
de los valles y montañas, vírgenes marineras, cuyo cuerpo es un
brazo de mar entre dos islas bajo cielos de eterna juventud.
Yo digo el mar. Lo canto. Mío en la voz porque aprendí en la
infancia a castigar sus olas con un barco. Mío en la voz, porque
aprendí a nombrarlo con la voz de naufragios de mi padre, que
nace y muere en mí.
Yo digo el mar. Oídme: Mar de Pizarro, Mares de Balboa, el Mar del
Sur, que es mío cuando canto. El mar hondo y azul, el mar verde
y ligero, lleno de blancas velas y de pájaros ciegos. El mar que a
mí se entrega para que yo lo diga como si fuera una mujer.
Yo digo el mar. Lo digo como hombre que su amor canta con verdad
profunda, con la voz del martillo sobre el yunque acerado, con
la lengua encendida en la fragua volcánica. Pero también lo
digo con dulzura de lluvia en los jardines matinales y nupciales
presagios en las algas, sobre mi corazón.
Yo digo el mar. Yo digo el mar lejano con sus peces. Lo digo con
la brisa que infla las lonas, con su roja flora de corales. Lo digo
con sus islas que surgen de las olas como un sueño emerge del
recuerdo. Yo lo digo con un adiós tatuándome
el pañuelo, con un
amor de olvidos en la playa y el duro vendaval.
Yo digo el mar. Yo digo el mar cercano nacido en mí; el dulce
mar del Cauca con pescadores en la flor del día; el de cantares
en las noches hondas; el dulce mar que gime en las guitarras
y marimbas. Hundido en mí, como anclas en la arena; a mí
amarrado, como buque al puerto; rumbo hacia mí con brújulas
de estrellas; náufrago en mí, por aguas de mi voz, verde y azul.
Yo digo el mar. Yo digo el mar presente como mi vida en la oquedad
del viento. Lo digo vivo en el grumete, vivo en el marino, el
constructor de barcos y el rubio capitán, en la gaviota, en el ojo
del faro y en la espuma que enjardina sus predios, y en la ola que
cabalga furiosa, y en la muerte viva, cuando cosecha las espigas
que sembró el huracán sobre las ruinas del roto bergantín.
Yo digo el mar… El mar, porque al cantarlo digo mi propio canto en
la canción del mar. Yo digo el mar. El mar… Sabedlo, hombres
mediterráneos, litorales, doncellas de los valles y montañas,
vírgenes marineras cuyo cuerpo es un brazo de mar entre dos
islas. Yo digo el mar. El mar… ¡Oídme: mares del Sur, mi dulce
mar del Cauca, que a mí se me entrega porque yo lo diga, como si
él fuera una mujer!

(De Evangelios del hombre y del paisaje)


4
El río es la pista del pez, líquido estadio cristalino.
Espejo de la estrella que hasta él desciende en la noche cuando
duermen los hombres y los luceros vagan por el cielo.
Flecha de agua, venablo de cristal fijo en el verde corazón del
mundo.
Orquesta que hace danzar los árboles, que a sus orillas crecen.
Surco que abrió la lluvia con su arado de júbilos, para que brote la
flor de nácar de la espuma.
Cicatriz de la tierra y tatuaje del universo.
Piscina de la luna y sendero que lleva al mar.
Una doncella en sus ondas se baña, y el río la posee sin herirla, como
si fuera Dios.
La mañana los mira y el pez prosigue su carrera por el líquido
estadio cristalino.

(De Evangelios del hombre y del paisaje)

DECLARACIÓN DE AMOR

Las algas marineras y los peces,
testigos son de que escribí en la arena
tu bienamado nombre muchas veces.

Testigos, las palmeras litorales,
porque en sus verdes troncos melodiosos
grabó mi amor tus claras iniciales.

Testigos son la luna y los luceros
que me enseñaron a esculpir tu nombre
sobre la proa azul de los veleros.

Sabe mi amor la página de altura
de la gaviota en cuyas grises alas
definí con suspiros tu hermosura.

Y los cielos del sur que fueron míos.
Y las islas del sur donde a buscarte
arribaba mi voz en los navíos.

Y la diestra fatal del vendaval.
Y todas las criaturas del océano.
Y el paisaje total del litoral.

Tú sola entre la mar, niña a quien llamo:
ola para el naufragio de mis besos,
puerto de amor, no sabes que te amo.

¡Para que tú lo sepas, yo lo digo
y pongo al mar inmenso por testigo!

Lea más: https://www.latino-poemas.net/modules/publisher2/article.php?storyid=29 © Latino-Poemas

MUJER NEGRA

El agua te hizo a imagen y semejanza suya.
Puso en tu acento ríos y en tu silencio estrellas.
Te dio ese andar de nubes descalza por los cielos
y ese cuerpo que nombra, sin voz, a las palmeras.

Eres el paraíso que comienza en la fruta.
Paisaje con tus ojos que hacen el mediodía.
La música navega por todas tus arterias
y hasta cuando te callas el sueño es melodía.

Eres la primavera que se muere de aromas.
Constelación de luto, mariposa de llamas.
La rosa del poema sostiene tu hermosura
porque en tu vientre azul comienzan las crisálidas.

Yo escribiré, en la página de tu piel de obsidiana,
baladas con el pulso de luz de las fogatas,
canciones de la sangre. Mi ser, como una tea,
señalará encendiendo los límites del alba.

Mujer, mayor que todas las islas: ¡Continente!
El mar y los deseos te circundan callados.
Con mi voz te descubro. Sobre esta tierra virgen
amor, tú sembrarías caricias como árboles!

Helcías Martán Góngora





           

martes, 25 de febrero de 2020

Las grandes preguntas. Poemas de Benito Raúl Losada


                                                              Benito Raúl Losada

       Gracias a la gentileza de la poeta Carmen Cristina Wolf, tengo en mis manos el libro Por la redoma azul (1987) del poeta venezolano Benito Raúl Losada (1923-2017), una cuidada edición empastada, diseñada e ilustrada por Mateo Manaure, impresión de Gráficas Armitano. Destaco esos datos porque no es una edición corriente, además de los profundos textos que lo componen, el libro en sí, su cuidada edición, es un bello objeto, quizá no demasiado conocido. Por eso es una deferencia de Carmen Cristina Wolf, sobrina del poeta, que agradezco.
            El autor de estos versos que comparto fue una destaca figura pública, abogado (1946), con cursos de especialización en Economía (Columbia University, New York) y cursos gerenciales (Northwestern University, Chicago); profesor universitario por más de treinta años. Fue Director de Gabinete del Ministerio de Fomento (1945-1946), Director Ejecutivo de  la Comisión de Administración Pública (1959-1960); Director General del Ministerio de Hacienda (1960-1964); Ministro de Hacienda (1967); Presidente del Banco Central de Venezuela en diversas oportunidades (1968-1971, 1976-1979, 1984-1986). Conjugaba en sí la rara avis de ser hombre pragmático y ser a la par, hombre sensible y humanista. De ello dan cuenta estos textos que comparto, en los cuales reflexiona y escribe sobre el destino humano, el sentido de la vida, se hace las grandes preguntas del hombre, con honesta profundidad indaga sobre ellas. Nos habla de “fortalecer los ojos”, de ver más allá de la apariencia, de su fe como refugio ante las dudas y los dolorosos avatares de la vida.


Beatriz Alicia García

DESIGNIOS PREMONITORIOS

     Con estos viajes que predices
a los cotos enfermos que antevés
o la advertencia de cuidarse
que extrañamente susurras

     Con ese mar encabritado
que tu brasa adivina
para cuando las hojas empiecen a caer
y el retorno atisbado a lo que se esconde
como miel en espera
copa para libarse
en refugio de gracia

     Con lo que profetizas
dejas trémulas llamas
en escozor de erizos
o rupturas de un prudente nivel

     Cumplidos los designios
aumentará el misterio
Quién sabrá si este amor
era predestinado
o el mismo repetido de los siglos
o parte de un relámpago inmóvil

INMÓVIL EN EL TIEMPO

“Un poema ha de ser inmóvil en el tiempo”
                       Archibald Macleish

         De pensar en la muerte
hacemos inmortales
el frío la esperanza el acaso

            Nada perturba el limo de esas paredes
¿la sombra recuperó los poros
del ecuador?
                                     ¿Apareció Arquímedes
desnudo por la calle?
                                      Pasearemos
espectros aprendiendo el oficio
lanzaremos lejos las cerezas podridas
para ver sonreír
las calaveras

            La Gran Piedra
cuenta en la puerta
las ovejas perdidas
no hay recriminaciones
sino un filtro lento
ponderador preciso

            Nada es desecho
a tiempo
                                          todo se enmarcará
en la inmovilidad de su poema

UNA HOJA ENCERRADA

      Trasluz simple
la hoja inclina el cansancio
Nadie amará su coto marchito
su triste consola de viuda

      Qué fibra lenta
                                   qué viento congelado
impiden la muerte de su contorno
a no ser el visitante afín
enjaezado de silencios

      Hija de soledades
                                   clama por tu forma
Savia prisionera
                                   vibra por tu aliento
Lívido abandono
                                   pide por tu esencia

      Perfil inmóvil
sombra devuelta al límite
                                   ruega por el bosque

BRASA TEMIBLE

            El perro cotidiano nos visita
solícitos la estampa y el latido
Inspecciona
                 cocina limpia de ceniza
                  la silla tibia del café
                  el helecho feliz
                  el tapiz del pastor igual de idílico
                  los dientes de la dama en el rocío
            Todo bien
                   pulsación en la escala
                   y la cama tendida
            El perro cotidiano ama el amor
la hipótesis de cielo
no levanta la alfombra del pecho
no hurga
                   los obvios entrepaños
            El perro cotidiano
no ve la brasa de temor
expectante vigilia subcutánea
Si supiera
la distancia del botón rojo
del dedo a la locura
del pastor del café del diente amable
a la ceniza



Benito Raúl Lozada






miércoles, 19 de febrero de 2020

100 años del Cementerio marino






Mis versos tienen el sentido que se les preste. El que yo les doy sólo se ajusta a mí mismo. Es un error contrario a la naturaleza de la poesía, y que le sería incluso mortal, pretender que a todo poema corresponde un sentido verdadero, único, y conforme o idéntico a cualquier pensamiento del autor.
                                   Paul Valery, sobre Cementerio marino


Este año se cumplen 100 años de la publicación del poema “Cementerio marino” de Paul Valery, inicialmente publicado en la revista Nouvelle Revue Francaise, el 15 de febrero de 1920. En este poema, a través de la imagen del mar, su autor retoma un tema de la poesía clásica, que ha pervivido en el tiempo, lo efímero y breve que es el destino humano. La presente traducción, de la cual comparto fragmentos con los lectores de mi bitácora, es de Alí Lameda y la tomé de la revista venezolana Imagen Nº 110.



I
Ese techo de velas cual palomas
entre pinos y tumbas vibra ahora.
El mediodía justo allí compone
de fuego al mar, sin tregua renaciendo.
Oh galardón, después de un pensamiento
ver a fondo la calma de los dioses!

II
¡Qué brillante labor consume pura
tanto diamante de invisible espuma
y qué paz se concibe por momentos!
Cuando sobre el abismo un sol descansa,
trabajos puros de una eterna causa,
el Tiempo brilla y es saber el sueño!

Ya en estas primeras estrofas del poema se asoma el plural universo lírico de Valery, el poeta nos muestra el escenario del poema con un lenguaje poderosamente metafórico, blancas velas se transforman en palomas en vuelo en el sol radiante del mediodía, el reflejo del sol en las olas del mar en diminutos diamantes y todo ello despierta en quien habla hondos sentimientos de paz, que le llevan a la ensoñación, que vincula a “la calma de los dioses”, en plural, es decir, nos traslada a remotos sentimientos animistas, panteístas, con su enjoyado lenguaje. Valery, como señala el traductor, amó el mundo clásico griego, para el que el arte y la belleza se vinculan a la armonía y producen en quien los perciben bienestar.

El Tiempo es un referente que va a reiterarse desde el inicio y a lo largo del poema, de forma directa o indirecta, expresando su paso. El Tiempo como un dios (“Templo del Tiempo en un suspiro”); como transformador, gestor de cambios (“Mírame, cielo bello y real, cambiando!” “yo soy en ti lo que en secreto cambia”); su paso que destruye todo anhelo (“¡Huye todo! Porosa es mi presencia/el sagrado anhelar también acaba”). Pero más allá de lo perecedero, de los anhelos que al final de la vida acaban, no olvidemos que estas evocaciones surgen frente al cementerio donde reposan los ancestros, el alma pervive, las huellas de lo vivido, que el poema busca exaltar:

¡El viento se alza…!¡Hay que vivir entonces!
Abre y cierra mi  libro el aire enorme,
la onda sobre las rocas salta y brilla!
¡Volád vosotras, páginas llenas de luz blonda!
Rompéd olas, romped esa rotonda
tranquila que los foques picotean!

Beatriz Alicia García



sábado, 8 de febrero de 2020

Poemas de Elizabeth Bishop


POEMAS DE ELISABETH BISHOP (1911-1979)

Tal día como hoy, 8 de febrero, nació Worcester, Massachusset, Elizabeth Bishop, poeta y traductora norteamericana que vivió en varios países y ciudades, a mediados de la década de los treinta vivió varios años en Francia; una estadía de dos semanas en Brasil, se transformó en una residencia de 15 años en el país suramericano. Tuvo una larga amistad con Marianne Moore, quien tuvo una importante influencia en su obra. Moore la disuadió para que abandonara la Escuela de Medicina de Cornell, donde la poeta se había matriculado al llegar a New York. Conoció también a Ezra Pound, Robert Lowell, Mary McCarthy, con quien fundó en 1933 la revista Spirito. En 1946, Marianne Moore presentó personalmente a Bishop para el premio Houghton Mifflin de poesía, que Bishop ganó. Ganó el Premio Pulitzer de Poesía en 1956. Posteriormente recibiría el National Book Award y el National Book Critics Circle Award, así como dos becas de la Fundación Solomon R. Guggenheim y otra de la Ingram Merrill Foundation. En 1976, se convirtió en la primera mujer en recibir el premio internacional de literatura de Neustadt. Fue profesora de la University of Washington, antes de serlo en la Universidad de Harvard durante siete años. También enseñó en la Universidad de Nueva York, antes de acabar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

UN MILAGRO PARA EL DESAYUNO

A las seis en punto ya esperábamos el café,
esperábamos el café y la migaja caritativa
que iban a servirnos desde cierto balcón
—como reyes antiguos, o como un milagro.
Todavía estaba oscuro: un pie del sol
se posó en una larga onda del río.

El primer ferry del día acababa de cruzar el río.
Con tanto frío, confiábamos en que el café
estuviera muy caliente —ya que el sol
no prometía ser tibio— y en que la migaja fuera
un pan para cada cual, con mantequilla, por milagro.
A las siete, un hombre salió del balcón.

Permaneció un minuto, solo, en el balcón
mirando hacia el río por encima de nuestras cabezas.
Un sirviente le alcanzó los elementos del milagro:
una simple taza de café y un panecillo
que él se puso a desmigajar —su cabeza
literalmente entre las nubes, junto al sol.

¿Estaba loco el hombre? ¿Qué cosas bajo el sol
intentaba hacer, allá arriba en su balcón?
Cada cual recibió una migaja, más bien dura,
que algunos arrojaron desdeñosos al río,
y en una taza una gota del café. Entre nosotros,
hubo quienes siguieron esperando el milagro.

Puedo contar lo que vi entonces. No fue un milagro.
Una hermosa mansión se alzaba al sol
y llegaba de sus puertas aroma a café caliente.
Al frente, un balcón barroco de yeso blanco,
guarnecido por pájaros de los que anidan junto al río
—lo vi pegando un ojo a la migaja—

y corredores y aposentos de mármol. Mi migaja
mi mansión, hecha milagro para mí,
a través de los siglos, por insectos y pájaros y el río
que trabajó la piedra. Cada día a la hora
del desayuno, me siento al sol en mi balcón,
encaramo en él los pies y bebo litros de café.

Lamimos la migaja y tragamos el café.
Al otro lado del río, atrapó al sol una ventana
como si el milagro se hubiera equivocado de balcón.


PAISAJE MARINO

Este paisaje celestial, con garzas blancas que
ascienden como ángeles
volando tan alto como quieren y hacia ambos lados
tan lejos como quieren
en hileras y más hileras de inmaculados reflejos;
esta región entera, desde la más alta de las garzas
hasta la ingrávida isla de mangles, aquí abajo,
con sus brillantes hojas verdes nítidamente orladas
de excrementos
de pájaros, como estampa iluminada sobre plata, y
los arcos
tan sugestivamente góticos de las raíces del manglar
y los hermosos prados verde habichuela
donde a veces un pez salta como una flor silvestre
en un ornamental rocío de rocío;
este cartón de Rafael, para alguna papal tapicería,
se parece al paraíso.
Pero el faro esquelético que allí se alza,
de clerical vestido blanco y negro, siempre alerta,
piensa que él sabe la verdad de las cosas.
Piensa que el infierno hierve a sus pies acerados,
que por ello son tan cálidos los bajos de las aguas;
sabe que el paraíso es diferente.
El cielo no es como volar o nadar,
tiene algo que ver con la negrura, y una fiera mirada,
y cuando se ensombrezca, recordará el faro
algo bastante rudo que decir sobre el tema.

INVITACIÓN A MISS MARIANNE MOORE

Desde Brooklyn, por encima del puente
de Brooklyn, en la mañana espléndida, por favor
ven volando.
En una nube de substancias químicas,
ardientes y pálidas,
por favor ven volando
al rápido redoble de miles de tambores
pequeños, azules,
que bajan desde el cielo aborregado
por las graderías resplandecientes
de las aguas del puerto,
por favor ven volando.

Silbatos, gallardetes y humo estallan. Las naves
se hacen señales cordiales con multitud de banderas
que se elevan y se abaten sobre la bahía como
pájaros.
Entran en escena dos ríos: graciosamente,
portan diáfanas, pequeñas, innumerables aguamares
en centros de cristal de roca sobrecargados de
cadenas de plata.
Será un vuelo seguro. Que haya buen tiempo
es asunto arreglado. Las olas
corren en verso esta espléndida mañana.
Por favor ven volando.

Ven: con zapatos negros que despidan
por las puntas, afiladas un destello de zafiro;
con una capa negra de alas de mariposas
y de ocurrencias; con sabe Dios
cuántos ángeles montados en la negra
y ancha ala de tu sombrero.
Por favor ven volando.

Trae contigo un ábaco, musical, inaudible,
y un ligeramente reprobatorio entrecejo
y unas cintas azules.
Por favor ven volando.

Hechos y rascacielos relumbran en la marea;
Manhattan, esta espléndida mañana,
está empapada en buenos principios. Entonces,
por favor ven volando.

Montada en el cielo con innato heroísmo,
por encima de los accidentes y las películas inmorales,
por encima de los taxis y las injusticias de
toda especie,
mientras soplan los cuernos en tus lindos oídos
que simultáneamente escuchan una suave,
no inventada música apta para almizcleros,
por favor ven volando.

Tú, por quien se comportan los más rígidos museos
con igual cortesía que el gasta-reverencias
ave-macho; a quien esperan los afables
leones que descansan sobre la escalinata
de la Biblioteca Pública, ansiosos
por saltar y seguirte puertas adentro
hasta la sala de lectura,
por favor ven volando.

Con dinastías de construcciones en negativo
que se vayan tornando ininteligibles
y caigan muertas a tu alrededor;
con una gramática que de improviso vire y brille
como el plumón de las aguanieves en pleno vuelo,
por favor ven volando.

Ven como una luz por el cielo blanco
y aborregado, como un diurno
cometa provisto de una larga,
no nebulosa cola de palabras;
desde Brooklyn, por encima del Puente
de Brooklyn, en la mañana espléndida
por favor ven volando.


Elizabeth Bishop

traducción de
Ulalume González de León
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Coordinación de Difusión Cultural
Dirección de Literatura
México


miércoles, 5 de febrero de 2020

Poema de Anne Carson



Gnosticism III

First line has to make your brain race that’s how Homer does it,
that’s how Frank O’ Hara does it, why
at such a pace
Muses
Slam thrught the house-there goes one (fainting) up the rungs
of your strange BULLFIGHT, buttered
almost in a nearness
to skyblue
Thy pang-Pollock yourself!
Just to hang on too life is why



Gnosticismo III

El primer verso debe dejar correr tu mente como lo hace Homero,
como lo hace Frank O’ Hara, por qué
a este ritmo
las Musas
entran golpeando las puertas…por ahí una (desfallece) al subir                                                                     
                                                                                           [los escalones
de tu extraña CORRIDA DE TOROS,
casi adentrándose cremosa
al cielo azul
¡Vuestro remordimiento, sed como Pollock!
Sólo aferrarse a la vida es la razón


Anne Carson
(Tomado de su libro Decreación)

martes, 4 de febrero de 2020

Poema de Otoniel Medina Torrealba

                                                           Otoniel Medina Torrealba




INSTRUCCIONES PARA SOBREVIVIR A LAS ADVERSIDADES DEL MAÑANA:

Es un gato que canta a medianoche,
un hombre dando vueltas en una silla giratoria,
una cigarrera en el bolsillo.
Ese ir y venir sobre mí, o lo que se espera de eso,
y sólo coincidimos en un mero decir de las cosas.
Que si bien se dejaron tomar justicieramente por las cosas,
se reservan el derecho de acogernos
como inexpresivo augurio, que a poco se vuelve más urgente,
a medida que los cigarrillos, dentro y fuera de la casa,
son cada vez más difíciles de encender.
Es preciso pensar en otra cosa
ahora que todos se despiden
y se van así sin estrenar el día,
como esas cerillas que entran y salen a su antojo,
al alcance, por si a alguno de nosotros
se le ocurre entablar una conversación
con el ceño fruncido,
mientras hay quienes se escabullen en el humo
y luego se van, así no más,
en vista de que la ciudad ahora se acuesta más temprano,
apenas habiendo comenzado
por el solo hecho de llevarla en el bolsillo.
Siempre habrá un cuerpo en el que coincidiremos,
probablemente, al abandonar todo lo que corresponde a la casa.
Y que por entregarnos enteramente a ella
dejemos de hacer tantas cosas.
Quizás irnos a un café a las 3:00 de la mañana,
fumarnos esos cigarrillos como si no lo hubiera.
Que por una vez no se posponga y continúe
aún cuando estemos lejos de ella.
No se trata de asomarnos a la calle,
esperar el día que no llega,
y aún así
rige la voluntad que precede al hombre,
donde las esperanzas se repiten sin esfuerzo
en el espectáculo sórdido
de que la casa se muestre a ella misma
asombrosamente ocupada.
Cuando no más de un cigarrillo se requiere
para abastecernos a todos.

Otoniel Medina Torrealba

(De Los roces domésticos. Caracas: editorial Eclepsidra, 2014)

Este joven poeta venezolano se ha desempeñado asistente de producción musical para War and Doll Productions y como asistente de escenografía para Luisela Díaz.