viernes, 16 de octubre de 2009

Días inciertos

Terminados mis inquietantes, acelerados y enriquecedores días de librera, estoy nuevamente en días inciertos. Días reflexivos que no me dan salida, a ratos tristes y vacíos, a ratos de tareas domésticas, a ratos asalta la depresión. He pasado por esto muchas veces, quedarme sin una ocupación fija, pero no de manera tan seguida y abrumadora. Me acompañan el Diario Anaïs Nin, una interminable novela de Philipe Roth y las maravillosas, exquisitas crónicas gastronómicas de Ben Ami Fihman, y la poesía, fiel compañera de tantas soledades. Curiosamente, esta vez, no me cuestiono por haber escogido esta ingrata vocación. Veo a mi alrededor tanto desencanto, tanto atropello, tanto egoísmo, tanto desorden, tanta mediocridad, tanto dolor y me consuela mi vocación, me consuela tener un espacio psíquico de resguardo que nada de eso puede destruir. Aunque hay que vivir, claro, y asusta enormemente encontrarte sin un lugar donde tus destrezas, tus talentos, tus conocimientos, puedan ser productivos para otros y para ti. A ratos es verdaderamente angustiante. En la adolescencia era un punto de honor: no me tranzo, me niego a orientar mi vida según valores que detesto, no quiero ser simpática cuando algo me desagrada, no quiero humillar a otros, no quiero valer por la marca de zapatos o de blue-jean que uso. A los 43 no tranzarte, no aceptar el caos, la grosería, la vulgaridad, la injusticia, significa aislarte, significa no tener para pagar en el supermercado, no tener para pagar el alquiler. Te juegas la supervivencia. Como dice mi psicoanalista: "Tienes razón, pero vas presa", para usar términos de uso común. No se fingir, no sé decir con palabras agradables "no me jodas", y vivo en una sociedad que disfruta fregándome la existencia todo el rato. No quiero dar la otra mejilla, no quiero ser amable con los que me humillan, me ofenden, me hacen la existencia algo detestable. A veces me siento inmensamente cansada, desmotivada, que nada tiene sentido. Veremos que se resuelve. Si lo que parecen corteses promesas falsas o deudas que no me pagan por milagro, por justicia, se transforman en algo más tangible. Por ahora estoy sola, con dos o tres amigos (as) que sólo pueden darme su apoyo moral, y una sociedad que francamente detesto.