miércoles, 28 de octubre de 2009

LA PALABRA TRANSMUTADA

Como un humilde pero sentido homenaje al poeta venezolano, recientemente fallecido, Alfredo Silva Estrada, posteo el primer ensayo de su libro "La palabra transmutada". Sólo agregaré que el maestro Silva Estrada es una de nuestras más hondas voces contemporáneas, y tanto sus versos como sus reflexiones poéticas siempre van a acompañarnos:

Palabra transmutada...Poesía como existencia

Transmutación de la palabra poética enraizada en la existencia misma y como recurso extralimitado de existir: transgresión de límites.
Oficio vivenciado como uno de nuestros actos más comprometedores de fusionar tiempo y espacio en una presencia que, sin negar la impulsión ni los estratos del pasado, aspira a ser incesantemente nueva, gravitante de ausencias.
Extremado ejercicio de existir (deslimitarse en cada asunción de nuestro ser limitado) con todos sus riesgos y retos, obstáculos provocados o fatales, exaltaciones en camino y repetidos enfrentamientos al fracaso.
Poesía como experiencia y no como sola experimentación formal, porque su material (el lenguaje) sólo es manipulable en la medida en que continuará siendo naciente e incitantemente elusivo.
Dicción de lo que se ha llamado “los grandes lugares comunes del ser humano”: el amor, el dolor, el júbilo, la conciencia de la muerte... sentimientos universales que desde siempre han sido dichos, que siempre quedan por decir y que cada poeta, individualizándolos, los pronuncia con la intensidad de una primera vez.
Poesía como lenguaje de revelación y, al mismo tiempo y en un solo movimiento, revelación en el lenguaje...en un lenguaje.
Revelación ¿de qué? Precisamente, de lo que, en cierta forma y dentro de esa forma única, permanece en su secreto y en insistente surgimiento porque nunca se agota al confiársenos.
La palabra del poeta recobra la fuerza original que impulsó el acto de nombrar el primer objeto, la primera sensación, el primer sentimiento...En las eclosiones de su devenir –de su aventura- la fulguración nominativa, inocente quizá en sus comienzos, se va tornando más compleja, se va nutriendo de las oscuridades, del silencio, de las negaciones y hasta en ocasiones tiene que armarse de astucia para sobrevivir y afrontar o marginar todo aquello que la adversa.
Cotidianamente, el poder primigenio de la nominación reveladora corre el peligro de debilitarse o de ser confundido por y con la función del lenguaje utilitario. A contracorriente de la cultura misma que, aun sin proponérselo, trata de reprimir con su rigideces institucionalizadas el impulso originario que nos hace vivir en y por la poesía, corresponde a cada poeta, inquieto morador de esa parcela de “desconocido despertándose en su tiempo dentro del alma universal” (Rimbaud), recatar y defender contra hostilidades y sorderas la vitalidad subterránea, irrefrenablemente resurgente y a menudo estallante, de esa palabra que constituye su auténtica manera y más alto grado de existir.
Poetizar, pues, nunca alejado de lo vivido, pero que nunca se conforma con instalarse pasivamente a ese acopio. A partir y más allá de todas las vivencias, la poesía exige –el poeta se exige a sí mismo- una super-vivencia: el lugar sorprendente del poema con estructura propia que resista, hasta en sus vacilaciones y sus quiebras, todas las lecturas posibles.
Un poema sin germen, sin tuétano de vida, no es poema. Pero la vivencia misma, por profunda y signante que sea, no basta para crear un poema. Desde lo vivido del plano existencial, entre sus plenitudes fugaces y frecuentes derrotas, a través del misterioso proceso de la escritura-autolectura, braceo entre tachaduras y asentimientos u holgado fluir después de una tácita, dilatada espera sin tiempo cronológico, el poeta engendra la super-vivencia de la estructura poemática: una vivencia nueva, cargada, para ser vivida por otros; una hechura, fundamentada sobre el tiempo existencial, pero medularmente construida por esa conjunción insólita de tiempo y espacio que nos hace habitar durante instantes privilegiados una presencia infinitamente abierta, abriéndose hacia su propia comunicación inagotable.
Alfredo Silva Estrada