sábado, 14 de abril de 2007

Prohibido olvidar


11 de abril, 5 años después

Luego del 11 de abril de 2002 me fui unos meses a Mérida, gracias a la gentil invitación de María Luisa Lazzaro, escritora venezolana que había conocido por internet a través de un foro, Sensibilidades, que un médico y escritor español, Luis Prieto tenía en la web. Un hondo dolor se había apoderado de mí después de haber visto, a través de un canal internacional, la agonía de algunos compatriotas que yacían en las calles del centro de Caracas. 5 años después esas imágenes no se han borrado, siguen siendo una herida. Nunca este país volverá a ser el mismo. Nunca como ese día vi a tantos conciudadanos unidos por una causa común, que luego fue traicionada. Cuando vi pasar ese desbordado río humano que terminó ensangrentándose, me dio escalofrío, a veces veo venir las cosas, me dan esas premoniciones a flor de piel. Yo lo que sentí fue una terrible opresión en el pecho y no quise bajar con los míos a ver pasar la multitud.
Después de algunas pocas semanas en las aulas de la Universidad de los Andes asistiendo al propedeútico de la maestría de Literatura Iberoamericana y de ejercer como docente en las aulas de VEN-USA tuve que regresar a Caracas, mis pocos ingresos no me permitían continuar viviendo en Mérida. Pero atisbé la paz en Los Llanitos de Tabay, en donde el hondísimo silencio de la montaña y la conversa con los campesinos del lugar me habían permitido un respiro, una reconciliación, alguna forma de esperanza. Pocos meses después, ya en Caracas, a una cuadra del hogar familiar, una adolescente, una anciana y un hombre joven eran asesinados por un demente armado que irrumpió una noche en la plaza Altamira. Mamá todas las noches se sentaba allí, en ese sitio donde cayó la anciana, presa de no sé qué esperanza absurda. Pero esa noche papá se la llevó a caminar a La Floresta y ella no estuvo allí. Eso tampoco he podido olvidarlo.
Estos años he protagonizado múltiples mudanzas, tres en Mérida y varias en Caracas. Y aún no me centro, no hallo lugar. Cuando regresé de Mérida fui atropellada, atacada por niños del barrio vecino sin que mediara razón alguna, me escoltaron desde la embajada de Canadá hasta la puerta de mi casa y me dijeron que si volvían a verme me iban a linchar. Entonces me mudé a El Marqués, a una urbanización relativamente tranquila, donde alquilé una habitación. Pero tuve problemas con una inquilina que al poco llegó de Maracay y con la casera gallega, así que me mudé a Los Palos Grandes. Allí los antichavistas empezaron a quemar basura por las esquinas, a tocar corneta todas las noches, a darle a las cacerolas. Entonces me mudé a Colinas de Bello Monte, pero no podía dormir en mi minúscula habitación alquilada con baño. En esos mismos días me despidieron de la institución donde trabajaba, luego de un año, no me renovaron el contrato.
Al lado de mi casa están remodelando un edificio hace meses, no nos dejan descansar, desde muy temprano hasta pasadas las 10 de la noche lanzan escombros, tiran cabillas, gritan, de lunes a lunes. Hemos protestado, llamamos a la alcaldía de nuestro municipio, y la respuesta fue que el alcalde de nuestro municipio aprobó esto. ¿Dónde está la justicia social para mí y mis vecinos? Yo no quiero olvidar. Los muertos “necesarios” y las víctimas de las revoluciones jamás son redimidos, mueren en vano. Yo a veces lo que quisiera es la suerte de una bala perdida, que me devuelva mi dignidad, mi derecho a una vida digna, sin miedo, sin angustia, estar en un limbo donde la muerte de Rafael Vidal sea redimida, la de los hermanos Fadoul, la de todos los inocentes que caen cada semana en las aceras de esta ciudad.