lunes, 21 de mayo de 2007

Un paseo reciente por las galerías de Caracas

En las últimas semanas he tenido la oportunidad de visitar varias excelentes exposiciones en las galerías de Caracas, y quisiera hacer una breve reseña para los posibles lectores de esta página. Una de ellas pude contemplarla en la galería Ascaso, ubicada en calle Orinoco de Las Mercedes, “Manifiesto del tiempo”, exposición retrospectiva de una pintora amiga, de origen alemán, pero con muchos años de vida en Venezuela: Luisa Richter. Conocí a Luisa hace varios años cuando me desempeñaba como periodista para la revista Etiqueta, en ese entonces ella exhibía algunos de sus cuadros en la Galería Medicci “Intimidades de una reflexión”, conversé con ella, me entregó algunas de sus textos sobre arte, yo escribí una breve reseña de la exposición. Luego he visitado en varias oportunidades su casa-taller en Los Guayabitos. Desde entonces he admirado su obra, la profundidad de sus planteamientos creativos, su increíble vitalidad. En los cuadros expuestos en 2007 en los amplios, luminosos y gratos espacios de la galería Ascaso había un interesante recorrido por distintas etapas de su trayectoria, desde sus cuadros vinculados a la tierra, de sus tiempos iniciales en el país, hasta obras de fecha reciente. Podían verse obras de gran formato pero también algunos de sus pequeños collages. Lo que eché en falta fueron quizá sus retratos, no había ninguno. Algo que siempre me ha fascinado de su obra es la superposición de planos, esos trazos superpuestos que le dan profundidad a sus cuadros, que te llevan a algo que está más allá de lo que el ojo ve. La suya es una propuesta ontológica, “una confesión del ser”, como ella misma ha dicho. Sus difusos trazos geométricos nos convidan a visiones que traspasan el tiempo y el espacio, son una suerte de túneles metafísicos, son “tránsito de lo que se ve a lo que no se ve”, como expresara Marco Rodríguez del Camino en el catálogo de su exposición en la galería Medicci de 2001. En su diario Luisa expresa: “Creo en la educación, en el despertar, en provocar, en poner en movimiento, en familiarizarse con valores positivos, como antipolo de medios de información altamente agresivos; y creo también en que la experiencia de formar y meditar, significa un instrumento auténtico constructivo”. Asimismo en un texto publicado en Extramuros dice: “Quien crea debe ayudar a crear” (…) “El creador debe afanarse por mantener su búsqueda genuina y tratar de que sea genuina la búsqueda de los otros”. La importancia de está búsqueda compartida es quizá lo que la ha llevado con frecuencia a incluir, dentro o fuera de sus pinturas, textos reflexivos dentro de su propuesta expositiva. En la Ascaso pude observar largos pendones con textos de la artista, y un video realizado por la Universidad Nacional Abierta en el cual ella conversaba sobre su obra, su noción del arte y de la obra artística desde su taller. Su obra está marcada por la importancia de la luz, la búsqueda de la claridad, de allí que la galería Ascaso, con sus amplios ventanales, por donde penetra la luz, fuesen un extraordinario escenario para esta retrospectiva.
Otra buena exposición que tuve la oportunidad de visitar fue el homenaje a Reverón en los espacios de la quinta Mónaco (antigua galería Li) en la avenida San Juan Bosco de Altamira. Unos jóvenes guías acompañaban el recorrido, el cual se iniciaba con un salón en el cual se proyectaba una propaganda publicitaria de Johnny Walker, patrocinante del montaje, en la cual un androide destacaba la capacidad creativa humana. Luego, en la sala central de la exposición podían observarse diversas fotos del Reverón que todos conocemos, el anciano barbón, semidesnudo, del castillete de Macuto, junto a su musa Juanita, junto a sus muñecas, junto a un gracioso monito tití, dentro de su paisaje natural, semisalvaje, que ha construido el mito. Junto a estas fotos se encontraba un cuadro de Reverón de trazos pocos usuales, por diversas razones. Era un cuadro figurativo, que representaba una niña y unas muñecas, distinto a los trazos tan marcados por el blanco, por la luz que conocemos. Presentaba colores primarios, azul, rojo. Parecía el eslabón perdido entre el primer Reverón y el pintor de la luz. Una tercera sala albergaba varias propuestas de artistas de las más recientes generaciones, en las cuales podía verse alguna afinidad con la obra del maestro. En algunas de estas propuestas destacaba el uso de la luz, en otras, como la de Mariana Monteagudo, resaltaba un vínculo con lo lúdico, el trabajo con objetos, muñecos.
La tercera exposición que comentaré, estará en la sala Previsora hasta enero del 2008, es algo que realmente vale la pena visitar: la exposición “El sentido de lo moderno”, de fotografías de Leo Matiz, el extraordinario maestro colombiano. Matiz, fotoreportero nacido en Aracataca en 1917 y fallecido en Bogotá en 1998, es conocido entre nosotros principalmente por sus fotos de la Caracas que empieza a modernizarse durante el decenio perezjimenista, y los primeros años de la democracia. Estuvo vinculado con diversos medios e instituciones públicos y privados de Venezuela a partir de 1950. En 1961 es nombrado fotógrafo oficial de Rómulo Bentancourt, en 1973 trabaja para diversos organismos estatales, en 1978 se desempeña como fotógrafo del Ministerio de Información y Turismo de Venezuela. De igual forma trabajó para El Nacional, La Esfera, Momento, la revista Shell y Farol, Élite, Páginas.
Esta exposición nos muestra, además del fotógrafo del paisaje urbano que va registrando el país que entra en la modernidad, otras facetas de versátil y talentoso artista. Inician la exposición una serie de bellos retratos de la artista mexicana Frida Kahlo. Algunos de ellos presentan sorprendentes enfoques en picado, otros son sencillas imágenes cotidianas que captan la fuerte, y al mismo tiempo frágil, personalidad de la pintora. En la foto con el inmenso Diego Rivera, por ejemplo, ella muestra casi una fragilidad de niña, mientras que en una foto callejera, junto a unos niños, su figura es de una dureza casi masculina. En otra de las salas, pueden observarse las abstracciones de Matiz, visiones minimalistas del paisaje urbano, que nos sorprenden por sus encuadres y el uso de la luz. Nos dan una visión inédita del paisaje que cotidianamente nos rodea, focalizando, encuadrando un determinado espacio y un determinado grupo de objetos, unidos por determinada actividad: ladrillos o tubos de una construcción, por ejemplo, que tomados de cerca, se transforman en una obra de arte. Matiz es un poeta de la imagen, que como dijera, vino “a ver el infinito”. Cierran la exposición imágenes de gran angular que nos muestran la Caracas moderna, obreros de la construcción, imágenes de las torres del Silencio, la Ciudad Universitaria, el 23 de enero, entre otras. Sus sorprendentes enfoques pueden mostrarnos también las caras sorprendidas de un grupo de obreros enfocados desde abajo, desde una suerte de hueco, o mostrarnos el cielo infinito desde los espacios internos de la torre Norte del Centro Simón Bolívar, o una imagen desenfocada del Centro Plaza que nos da una visión de la Caracas de Neón que ya perdió la inocencia. Su ojo privilegiado nos entrega imágenes de una ciudad para muchos de nosotros inédita, la que quedó atrás, que apostaba al progreso, pero también la Caracas siempre posible, que aloja luz, poesía, cielos infinitos.