viernes, 8 de junio de 2007

Ni rojo ni negro si es ajuro

Mientras mi derecho inalienable a elegir sea objeto de agresión, castigo, burla, censura, exclusión, por parte de cualquier persona o grupo en mi país, están en peligro mis derechos humanos. Yo fui atacada por niños (no mayores de doce años) que viven en uno de los barrios populares vecinos a mi edificio, sin que mediara razón alguna. Esto ocurió en 2003 ó 2004. Uno de ellos me atropelló con una bicicleta, le reclamé y me cayeron en cayapa varios chamos, los cuales me escoltaron desde la embajada de Canadá hasta mi casa, un edificio que está en la esquina Sur de esa cuadra. Yo estaba herida, cojeando y estos niños me iban insultando, mientras yo les respondía llena de impotencia, miedo y rabia que jamás iban a salir de su barrio y de su vida miserable o algo así. Me abandonaron en la puerta amenazándome con lincharme si me volvían a ver. Fueron los días previos al firmazo solicitando el revocatorio presidencial. Yo, por supuesto, firmé la solicitud de revocatorio. Un discurso que produzca este tipo de situaciones o similares no empedrará jamás el camino que nos conduzca a un país mejor, donde haya justicia social. ¿Será que yo no tengo derecho a la justicia social? El insulto y la agresión hacia los estudiantes que fueron a la Asamblea Nacional y la posterior cadena en la cual el presidente Chavez pretendió obligarnos a escuchar sus felicitaciones a los cachorros que defendieron a la revolución en la sede de la Asamblea sólo corrobora que la libertad y los derechos humanos de los venezolanos continúan severamente amenazados. Sin hablar de los niples que colocaron en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela el día miércoles o las bombas lacrimógenas que tuvimos que respirar lanzadas desde la Escuela de Trabajo Social los que estábamos allí ejerciendo nuestro derecho a discentir y protestar.

Yo no deseo vestirme de rojo, o de negro, porque alguien me lo imponga, pero lamento no poder hacerlo sin que se me etiquete de chavista o golpista. (No soy ninguna de las dos cosas). Hace varios años envié a las Cartas de El Nacional una breve misiva que fue publicada en la que insistía en la necesidad de encontrar vías para el diálogo, que el enfrentamiento radical que estábamos viviendo no era bueno para nadie en Venezuela. Hoy seguimos viviendo en un país dividido que estalla en pedazos sin que se vislumbre la construcción de algo mejor. Eso me lo dicen las aceras, calles y avenidas rotas, sucias, malolientes; el tono violento de las discusiones; la incapacidad que tenemos una gran mayoría de venezolanos profesionales, que le hemos dado a este país lo mejor de nosotros, para cubrir nuestras necesidades básicas (Mientras unos pocos enchufados se están haciendo multimillonarios y no hay un solo ciudadano preso por los múltiples casos de corrupción y fondos desaparecidos). Me lo hace ver también la frustración y la angustia que se ve cada vez más en los rostros (Y no precisamente las personas adineradas). Mientras este sea un país enfermo, como lo es ahora, nadie se va a beneficiar. Mientras no se logre el diálogo, la concertación, entre los distintos actores del país, nadie se va a beneficiar. Mientras no haya respeto e igualdad de derechos para los disidentes del proceso revolucionario, nadie se va a beneficiar.

El amor al prójimo no se impone, la solidaridad social no se impone. "Cada quien según sus necesidades y según sus capacidades". Una amiga me dijo hace algún tiempo que así reza en alguna parte del Manifiesto Comunista. Sería bueno que los muchachos que han decidido defender con su vida la revolución socialista (¿???) venezolana leyeran, se formaran y se informaran, además de repetir lo que los estudiantes de diversas generaciones hemos repetido aquí y en diversas partes del planeta: queremos un mundo mejor, un mundo más justo. Ellos ignoran, además, que tanto la Universidad Central de Venezuela como la Universidad Católica Andrés Bello tienen programas sociales hace mucho tiempo. Y nadie se los dice. Hace más de quince años atrás subí con una amiga que estudiaba en la Católica y un cura de esa casa de estudios por las escalinatas de La Vega para arriba, porque la universidad tenía un programa de alfabetización consolidado allí. La gente nos recibió con mucha cordialidad . Se sentían agradecidos por los aportes positivos que el programa les había dado a los habitantes del sector. Lo poco que tengo, lo que soy, me ha costado muchísimo esfuerzo, y de mis padres, no soy ninguna hijita de papá. Por otro parte, no me es ajena la historia política, social y económica de este país. Además de leerme a Pino Iturrieta o a Uslar Pietri también me he leído la Historia Económica y Social de Brito Figueroa, Venezuela violenta de Orlando Araujo o Las Venas abiertas de América Latina de Galeano. Tengo criterios para configurarme un punto de vista plural. Y además, como está dicho, no he vivido a espaldas de mi realidad. También he sido asaltada por niños huelepega drogados. Fue una experiencia realmente inolvidable. A mí y auna alumna nos tiraron al piso y nos golpearon porque ella se resisitió al asalto y no quería entregar su bolso donde tenía los últimos poemas que había escrito. Por eso mismo sé por donde soplan los vientos de esta catástrofe, de esta nueva demolición, que lamentablemente trae demasiadas reminiscencias del golpe mortal que los adecos le dieron al país progresista y democrático que pudimos haber sido. ¿En aras de qué?, de la imposición a sangre y fuego del populismo que nos trajo donde estamos. Para ponerme bíblica: "Por sus obras los conoceréis". Ningún gobierno que "pretenda" beneficiar a un sector (los excluidos) en desmedro de los otros sectores de la población, es verdaderamente democrático. Ningún gobierno que te sitúa como alteridad te va a beneficiar, vas a seguir al margen. No te va a integrar a la sociedad ni te vas a sentir jamás un igual a las personas que tuvieron la suerte (no elegida) de nacer y formarse en un ámbito mejor. Vas a quedarte ahí, fiel representante de tu guetto, con tus mismas actitudes y carencias como ser humano, no vas a crecer, ni te vas a ganar el respeto de los otros actores de tu sociedad, de tu país. Esto le diría a esos chamos llenos de rabia que creen estar defendiendo una sociedad más justa. Hoy más que nunca vivimos en un planeta en el que se impone la pluralidad, la diversidad. Tanto los Estados Unidos de Norteamérica como la civilizada Europa deben temer el caballo de Troya que hoy tienen en sus ciudades. Hoy más que nunca vivimos en un planeta en el que grandes contingentes de personas, por diversas razones, se mueven, y desplazan con ellas sus culturas. Las verdades unívocas fueron desplazadas de la historia de la humanidad. Afortunadamente. Quedó demostrado que nunca habían conducido a la felicidad de ningún pueblo civilizado del planeta. "Yo te voy a agarrar a coñazos, te voy a pasar una tanqueta por encima para que entiendas mi punto de vista", no es una postura que invite al diálogo. Si mi noción de felicidad pasa por unas superlolas de silicona o una rumbita en "Atlantique" ni de vaina me imvites a subir cerro para hacer labor social, no tiene lógica alguna. Reitero: "Cada quien según sus necesidades y según sus capacidades". Eso si suena como una propuesta de sociedad más justa. No me puedes imponer tus imperativos morales o ideológicos. Poder elegir es mi derecho inalienable, y como expresó ayer una de las estudiantes que están protestando, ese derecho "no es negociable". Se feliz defendiendo el pelo chicha y trabajando en algún barrio o viendo TVES, pero déjame ser feliz a mí con mis lolas de silicona, mis vacaciones en Key West y mi RCTV, vale. No pretendas tratarme como si tuviera 5 años de edad o fuese retrasada mental. Lánzame tus perros rabiosos, tus lacrimógenas, no me des trabajo, jódeme. Pero seguiré defendiendo mi libertad, mi derecho, a elegir. OK.

Caracas, viernes, junio de 2007.