sábado, 17 de marzo de 2007

Sobre la soledad

La cultura en que vivimos, los cánones sociales, los mandatos familiares y otras convenciones educativas por el estilo nos enseñan el horror de la soledad. Así, desde esa perspectiva, la soledad se convierte en vacío, aislamiento, abandono o deterioro. Se cree que la soledad es fundamentalmente carencia. Nadie nos induce a explorarla, conocerla, a dialogar con ella, a transformarla en un espacio de encuentro fecundo con uno mismo.
Miedos ancestrales nos ayudan a pegotearnos e incrustrarnos en los otros, renunciando las más de las veces a nuestra autonomía.
Cualquier cosa con tal de no estar solos. Concedemos, intentamos conciliar, negamos realidades que son obvias y dolorosas, buscamos cuantas formas de autoengaño sepamos conseguir con tal de no quedarnos, o de que no nos dejen solos. La soledad se ha convertido entonces en un mal entendido con la vida.

Así, dentro de este planteo prejuicioso es donde llego a soslayarme como sujeto. No me tomo como proyecto. No me lanzo a la aventura de construirme. Pierdo la dimensión del proceso y del significado que implica la realización de mis deseos. No asumo con la vida el compromiso de ser hija de mi propio esfuerzo. Navego en una dependencia infantil que siempre me conduce al mismo puerto: mi propio extravío.

(…)

Lo que sí quiero enfatizar, porque me parece imprescindible, es que nadie puede ser en el sentido existencialmente profundo hasta que no ha conquistado su soledad.

(…)

La educación enajenada que recibimos e incluso que damos nos arrastra ansiosamente hacia fuera, es decir, hacia la abstención de nosotros mismos. No se nos enseña a amar la propia soledad como una experiencia vital de búsqueda y descubrimiento.



Liliana Mizrahi La mujer transgresora