lunes, 11 de junio de 2007

"De muerte lenta" (O el difícil arte de construir un país)



Sólo lo que amamos o deseamos despierta nuestra fantasía, nuestra capacidad de soñar, o nuestro dolor. Pocas y pocos escritores venezolanos se han ocupado del país con el fervor, la suspicacia, el aquilatado lenguaje que lo ha hecho Elisa Lerner. En sus crónicas, relatos y ensayos nos ha ofrecido un espejo, no condescendiente, donde mirarnos, una visión subjetiva de nuestra sociedad, de nuestro modo de relacionarnos y de asumir el espacio de lo público y lo privado. En sus textos se cruzan, sin pudor alguno, lo íntimo y lo colectivo, la verdad y el anhelo, la memoria y el sueño, tal como ocurre cotidianamente en nuestra sociedad. La perspectiva de narración de sus textos, es necesario destacarlo, nos ha aportado una mirada crítica de esa idiosincracia nuestra, a veces tan volátil, inconstante, a veces “levantisca” (como dijese Mariano Picón Salas), a veces tan contradictoria.
Para ello se ha servido de un estilo en el que el humor y la ironía son ingrediente primordial. No olvidemos que tras la ironía, su mirada oblicua, hay siempre el llamado a la reflexión. En algunos de sus textos ese llamado se hace enfático, contundente; en otros subyace cierta amorosa nostalgia que indaga en la memoria de una ya lejana infancia propia o de la Caracas contemporánea, que comenzó a erigirse con el Plan Rotival y la construcción de la avenida Bolívar.

II

“Como somos jóvenes nunca hemos querido tener memoria y, en suma, hemos preferido ser…mágicos. Por mucho tiempo hemos sido brutales y violentos, poco cavilosos. La magia ha sido una visión hipotética de esas violencias”.
Elisa Lerner, Yo amo a Columbo

La lectura de la novela De muerte lenta de Elisa Lerner no es tarea fácil. Tal como lo escribo se lo expresé en un correo electrónico a la autora. Ella, con toda la modestia del mundo se disculpó por haber escrito un texto tan difícil. Algunos de los clásicos de la literatura, y algunas de las grandes novelas del siglo XX tampoco son fáciles, e incluso han sido tildadas por algunos lectores de ilegibles: El Ulises de Joyce, por ejemplo, Paradiso de Lezama Lima, La pasión según G.H. de Lispector, por nombrar sólo tres. La facilidad o dificultad de lectura no es una suerte de calificativo para definir un texto literario o para dar cuenta de su calidad. Cuando digo que esta novela no es una lectura fácil sólo pretendo, con modesta sinceridad, dar cuenta de mi experiencia como lectora al enfrentar el texto de Lerner, al intentar dialogar con él. Así como hay afectos que valoramos profundamente de los que solemos decir: “La (lo) aprecio muchísimo pero debo admitir que no es una persona fácil”.
¿En qué estribó la dificultad inicial de lectura de la novela De muerte lenta? Quizá, esté el problema de las expectativas. En los últimos tres años he estado leyendo las crónicas, ensayos y relatos de la autora, textos de mayor brevedad y precisión. Me amisté con un tono y un tempo que me han venido acompañando. De muerte lenta me ofrece un texto de largo aliento, una novela, en el que abundan párrafos que se prolongan página y media, dos páginas (de un punto de letra que no es pequeño, debo decirlo), pero de una terrible densidad, en el buen sentido de la palabra, es decir, me exigen una lectura cuidadosa y reflexiva. De manera inevitable debes leer la novela de a sorbitos, muy poco a poco, buscando esas entrelíneas que siempre han sido el lenguaje de fondo de sus textos. Porque aún en sus frases más frontales sobre el país o sobre la vida contemporánea, hay una suerte de “nota al pie” no escrita que le toca al lector indagar. Ninguna frase en sus textos es azarosa, y con el paso del tiempo su lenguaje, muy trabajado siempre, su rica adjetivación, se han tornado más metafóricos, plurisignificantes.

II
Luz Marina Rivas en La novela intrahistórica (El otro, el mismo, 2004, 2da. edición) indaga sobre los textos narrativos de tres escritoras venezolanas (Laura Antillano, Milagros Mata Gil y Ana Teresa Torres) y destaca la manera en que estas autoras han aportado nuevas perspectivas sobre la historia oficial venezolana, desde los espacios de la cotidianidad y la intimidad. Creo que la novela de Elisa Lerner bien podría situarse dentro de la definición de Rivas de novela intrahistórica. De muerte lenta centrada en el encuentro entre un joven tesista universitario de Historia y Carlos Pedraza, un antiguo funcionario público sexagenario, “sin relieves”, que trabajó para el breve gobierno de un “presidente ilustre”, Rómulo Gallegos, le sirve de pretexto a la narradora para entregarnos una nostalgia y un sueño. La tristeza de una generación que con el derrocamiento de Gallegos vio truncado un modelo de país, progresista y democrático, para enfrentarse luego a una férrea dictadura, la de Pérez Jiménez; y el sueño, aún latente, de la posibilidad de construir ese país.
¿Cómo se nos entregan esa nostalgia y ese sueño? Empecemos por el epígrafe de María Zambrano: “El tiempo en que como en una gruta/se cuajan las palabras que luego salen enteras,/como de un largo y hondo silencio”. Ya el epígrafe nos da el tono del texto que vamos a leer. Se trata de un texto largamente gestado, que surge además de una honda indagación. Lo que viene del silencio es aquello que viene de la escucha y de los espacios en sombra del ser. Aquello sobre lo que no se indaga impunemente, y con frecuencia, no sin dolor. Es el dolor, el sentimiento de pérdida, como ya he dicho, de toda una generación, la llamada “Generación del 58” secuestrada por el militarismo, la persecusión, la censura y la violencia. Ella lo expresó en algunos de sus ensayos recogidos en Yo amo a Columbo (Monte Ávila Editores, 1979), específicamente en el apartado “El país y la memoria”.
En la novela de Lerner diversos tipos de referentes configuran la memoria que construye a Carlos Pedraza como personaje: Los lugares (Las Residencias Amapola, un edificio en ruinas de moderna arquitectura construido en la década de los cincuenta, donde vive el otrora funcionario público; el club Puerto Azul, reducto emblemático recreacional de una clase media con fuerte poder adquisitivo, hoy venida a menos); los objetos (un sofá que hace soñar “con anteriores tiempos del poder y de la gloria”, “un pequeño y bellísimo cuadro abstracto de filamentos amarillos” o una “cafetera azul” de Alejandro Otero, que también nos remiten al parisino grupo de “Los disidentes”, que en la década de los cincuenta renovaron el arte nacional y lo internacionalizaron); así también la autora nos enfrenta con las dinámicas que conforman y sostienen los traspatios del poder político (“Algunos todavía con una sonrisa a flor de labios, pocos minutos después de haber abandonado la sala de audiencias, caían en cuenta de haber sido escamoteados en lo más esencial y perentorio de sus necesidades. Se había estado en palacio para admirar la inteligencia y versatilidad de un intelectual amable y comprensivo”); también el espacio de lo íntimo y sentimental tiene su espacio, al retratarse los tardíos escarceos amorosos de Pedraza y Margarita, una profesora de literatura, de ancestros ostentosos, mucho más joven, “algo gordita, tan displicente y juiciosa”, a quien conoce en el club Puerto Azul.
Todos estos referentes se van entrelazando como eslabones de la nostalgia, para representar una figura en declive (¿símbolo de un modelo de país?), el cual la Academia inesperadamente ha convocado, de la mano de un estudiante de Historia. Entre whisky y whisky Black and White se escapa, se deja ver, un país cuyos hábitos sempiternos, de más de medio siglo petrolero, cabalgan al azar, a la deriva, como una isla que emerge y se hunde en un cuento fantástico. “Hemos preferido ser…mágicos”, escribía Elisa Lerner en 1968. O tal vez heroicos, míticos, si se prefiere, a fin de cuentas es lo mismo. Parecemos vivir entre hondas nostalgias y grandiosos anhelos. La realidad nos queda siempre chiquita. Es por ello que, cual Sherazade, Pedraza le va escamoteando al joven estudiante, lo que viene a oír, para que regrese. En De muerte lenta Elisa Lerner, una vez más, hace gala de histrionismo, con asaeteado humor vuelve a mostrarnos ese país que se evade entre promesas, como el funcionario “con su mejor sonrisa encantadora” ante su interlocutor. Es como ese país posible, “la gran Venezuela”, que siempre estamos construyendo, pero no logramos edificar, entre chismecillos de crónica ministerial, urdidos en los pasillos de palacio, o entre anécdotas de alcoba, siempre un poco magnificadas.

Caracas, 2007